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La escritura como respuesta filosófica a la vida.

Este trabajo de pregrado está dedicado a Fernando González Ochoa, quien por su legado ha inspirado la necesidad de estudiarlo y leerlo.

Su vida es Filosofía, que ha quedado plasmada en sus libros y estos son guía necesaria para quien esté interesado en el pensamiento latinoamericano contemporáneo.

Agradecimientos

Agradezco a la Casa Museo Fernando González y a quienes trabajan allí (Gustavo, Sergio, Lucia, Lina, Mary, Mauro y todos los otros) por permitirme acceder a su archivo y gracias a su página web conocer la obra del maestro de Otraparte.

A mi asesor, Eufrasio Guzmán, (), quien me dio el tiempo necesario para terminar este texto.

Resumen.

Fernando González Ochoa, quizás uno de los escritores colombianos más importante del siglo XX y a su vez uno de los mas desconocidos y olvidados. Éste texto hace un recorrido por su obra, por su personalidad y por su vida, para mostrar como su forma de pensar y escribir es pensamiento original y vivo, que no cabe en las denominaciones establecidas por el pensamiento moderno.Su filosofía enlazada al movimiento y la vida es el objeto de éste texto, y su función principal es encaminar a entender éste pensador cómo uno representante digno de ser considerado como uno de los filósofos contemporáneos más importantes de América latina.

Introducción.

Fernando González se inicia en la escritura desde muy joven, de sus libretas conocemos manuscritos desde 1915, de algunos artículos de prensa conocemos algunos pensamientos sueltos de su juventud desde 1911, testimonios de algunos de sus familiares nos dicen que escribía desde mucho antes apuntes de sus lecturas, diarios, cuadernos, notas, que fueron formando parte de la construcción de una obra que representa su pensamiento y su vida.

Dicen que para escribir hay que leer mucho y eso lo demuestra González en sus textos iniciales con sus referencias a Nietzsche, Schopenhauer, Verlaine, entre muchos otros filósofos, poetas, novelistas y cuentistas. Las personas que lo rodeaban sabían que era un muy buen lector, desde joven se acercó a la filosofía occidental, y de ahí que sus primeros libros tengan cierta relación con el Zaratustra de Nietzsche, al menos en el modo de escritura, aforismos, parábolas, relatos cortos, en su escritura fragmentaria. Dice Fernando González en el payaso interior: “Algunos se han preguntado ¿por qué esta forma fragmentaria? Sencillamente porque esta clase de libros son escritos por escépticos que en nada creen firmemente”.1)

Así hablaba González en su juventud, no creía en nada firmemente porque había derrumbado todas sus creencias, se había despojado de ellas. Para empezar, un viaje donde construiría sus creencias arrojadas desde su interior hacia el exterior, en un movimiento constante de mirarse a sí mismo desde afuera, extrañado, para luego dar el paso y tratar de conocer lo que había fuera de sí, lo que en filosofía se conoce como la otredad. Este texto explora entonces lo que entiendo en los primeros textos de Fernando González como interior y exterior.

  1. Interior

El misterio de la vida nunca se revela al hombre por sí solo, no es posible encontrar una fórmula que te diga el significado de la existencia o la razón de nuestro divagar por el mundo. El hombre arrojado al mundo, el pensador que empieza en sus primeros años se encuentra en esa etapa de los “por qué” puede tomar varias opciones, una que nos lleva a ser hombres comunes que aceptamos el camino ofrecido por el contexto social en el que vivimos u otra que nos lleva a ser almas atormentadas, donde las preguntas son infinitas, nos atormentan, nos acosan, nos hacen más difícil el camino, en ocasiones lleno de tristeza, pocas alegrías, pero de gran intensidad. Los hombres que han tomado este camino son hombres que se han internado en su interior, han decidido encontrarse con lo que Fernando González llama alma, otros la llaman espíritu, otros, esencia, nombres diferentes para “eso” desconocido que se encarga de mover al hombre por el mundo.

El mundo exterior satura los sentidos, es incontrolable para un solo hombre y la masa arrastra a aquellos cuyo espíritu es débil, nuestro autor se convenció en los primeros dieciséis años de su vida que la forma de enfrentarse al mundo era primero conocerse a sí mismo, como la mariposa antes de abrir las alas y entregarse al viento. González esculcó en su interior buscando los principios fundamentales que serán la base de su pensamiento, y cimentó las bases para iniciar su proceso de hacerse humano.

El pensamiento humano se ha intentado responder las preguntas básicas sobre la vida: el hombre, el mundo, las relaciones que se dan entre estos y sus implicaciones, se han creado grandes sistemas filosóficos que responden de diferentes formas a esas preguntas que nos hacemos, Fernando González leyó, dialogó con los pensadores de todos los tiempos y tomó una postura crítica frente a ellos, esto lo llevó al escepticismo y, por este camino, emprendió la tarea de construir su propio pensamiento. De esta forma nos encontramos una de las primeras razones por las que se hace escritor: atiborrado de preguntas, de pensamientos, inició un proceso vital de escritura, escribe lo que fue siendo, pensando y viviendo, en relación con lo que fue viviendo, pero inicialmente concentrado en su interior.

Pensamientos de un viejo aparece como la compilación de aforismos, parábolas, escritos fragmentarios que inicialmente parecen inconexos pero que al confrontarlos nos muestran el proceso de un hombre que aún sin conocer a profundidad el mundo intuye su realidad y emprende el proceso que lo llevará a abrir sus manos al viento y caminar por la tierra viviendo a la enemiga2).

  1. Exterior

Contexto de la época

Fernando González se hizo en las tres primeras décadas del siglo XX; escribió, en ese período, diez, de quince libros; vivió el período de la “violencia”, uno de los más convulsionados en la historia contemporánea de Colombia, período que estuvo orientado por la lucha hacia la modernización del país y hasta cierto punto hacia la modernidad y, por tanto, en contra de la feudalidad existente en las costumbres, en lo moral, político y económico, como tradición y pasado Colonial; los años treinta fueron también de lucha contra el imperialismo yanqui que iniciaba su proceso de dominación sobre la nación colombiana.

El debate ideológico de ese entonces fue grande, profundo y transformador que, repetimos, tuvo como blanco el pasado feudal.

Para entender a Fernando González es importante analizar los períodos y contextos históricos concretos en los que vivió: Colombia en los años treinta y cincuenta del siglo XX. Entender que no fue el único intelectual que se enfrentó a la tradición semifeudal, pero que en algunos aspectos fue original.

Lo original tiene que ver con la forma como se enfrentó a una sociedad tradicionalista, a una moral y a unas costumbres atrasadas, entendiendo por “atrasado” aquello que no era expresión del capitalismo, de lo burgués, de la modernidad. Se opuso a un modo de vida que hoy se llamaría pre-moderno. Como intelectual, mantuvo una actitud crítica frente al contexto que se le presentaba, su pensamiento responde al contexto y a las situaciones de su vida, lo que para algunos lectores ha parecido como la imagen de un pensador sin ideas claras o constantes, sin embargo, el cambio de sus ideas responde al cambio del momento histórico y a su idea de que la vida no es estática, en el movimiento y en el proceso de hacerse hombre es natural que las ideas cambien, se mejoren, aparezcan unas nuevas y se desechen otras, ahí es donde radica la originalidad de su pensamiento, sus ideas, sin perder lo esencial, van transformándose por el camino.

  1. Contexto filosófico

No se trata de escudriñar rigurosamente toda la obra para descubrir tras cada párrafo el estilo o las ideas de autores a los que Fernando González creyó importante seguir. Tampoco

de hacer una depuración de todos los elementos extraños para obtener como resultado los rastros originales e innovadores. Simplemente se quiere mostrar aquello que impresionó y ayudó a formar la estructura literaria e intelectual de su obra.

Encontrar en Fernando González trazos convergentes no enseñan una constante. Así como en su vida deseó experimentar todo lo humano, en lo intelectual se expuso a una infinidad de tendencias y en su debido momento se compenetró profundamente con cada una de ellas. Su obra varía al ritmo que le impone el paso de las nuevas corrientes, por lo que padece de un desmembramiento interno y una interrumpida continuidad.

En este transcurrir de su obra por entre los cauces del pensamiento y la literatura, se patentiza, en primer lugar y jerarquía la influencia de Nietzsche, a quien el autor menciona en innumerables ocasiones, en especial en su primer libro: Pensamientos de un viejo. La acogida que se le dio a Nietzsche en nuestro medio fue enorme, pero al mismo tiempo solo un reducido número de intelectuales tuvieron acceso a este pensador.

Nietzsche logra en Fernando González una vasta influencia, tanto filosófica como literaria, incidió enormemente en toda su obra. Esto lo llevo a adoptar la composición aforística de Así hablaba Zaratustra en su primer libro, esta se esparciría impregnando sus libros siguientes, no de una forma tan directa y exacta. Sabía de las cualidades del estilo:

“ “¿Qué es un aforismo? Es el fruto, la esencia de una larga meditación”. Dice al lector:

“si eres capaz, medita. Se comprenderá, pues, fácilmente, que nosotros, los escritores de aforismos, sólo escribimos para espíritus nobles. Los escritores del vulgo son los grandes masticadores de las ideas. Un escritor plebeyo es siempre orador.

Un aforismo sólo puede comprenderlo el que lo haya vivido; un aforismo no enseña: hace que el lector se descubra a sí mismo. Si éste no tiene en la alforja de su experiencia el porqué, el alma de la sentencia, ésta es para él una cosa vacía.” ”3)

Es importante destacar que esta influencia se ve marcada en el resto de su obra, la mayoría de sus libros, sin necesidad de ser aforísticos, se presentan de forma fragmentaria y dan la impresión, para el lector poco experimentado, de no poseer una estructuración unitaria interna. Esta forma de escritura sobresale particularmente en Viaje a pié y en Don Mirócletes. También tomó de Nietzsche la concepción antropológica del superhombre, esto se verá representado a través de gran parte de sus libros.

En la primera etapa de su obra, menciona, también explícitamente, a Schopenhauer, con quien compartía su prematuro pesimismo acerca de la vida, el dolor que padece el hombre y la inclinación por el ascetismo y la inhibición. Le llamaron la atención los principios corales de la India por los cuales profesó una gran fe, estos temas se ven reflejados en sus escritos, sobre todo en el libro Mi Simón Bolívar. Fernando González acogió en su vida práctica técnicas como las del yoga: “[…] A los dos meses yo era un experto en Yoga. Sabía que el hombre es un microcosmos y que mediante la inhibición puede dirigir su fuerza mental en la dirección que elija y percibir con toda exactitud lo que desee.”4)

La antropología de ascendiente nietzscheano es complementada en su obra con el culto a los Héroes de Thomas Carlyle y los Hombres representativos de Ralph W. Emerson, quienes propusieron como sostén de la historia a los grandes hombres, a los héroes, y la concibieron como una detallada biografía de aquellos. Y la biografía habría de ser uno de los géneros predilectos de Fernando González. En efecto, la biografía novelada o la novela biográfica estaban en pleno auge, desde Lytton Strachey quien, hacia la segunda década del siglo, la iniciara. Allí se unieron grandes escritores como Stefan ZweigyAndré Aaurois, de forma que pone en algunos de sus escritos este género al servicio de la gran admiración que sentía por Simón Bolívar, Juan Vicente Gómez, Ignacio de Loyola y, negativamente, Santander.

Otro filósofo que hizo honda mella en su obra, tanto como Nietzsche, fue Spinoza, de quien depende: la fusión del hombre con el todo por medio del conocimiento, el determinismo de la causalidad universal, la irremediabilidad de las leyes naturales del mundo y del hombre, en fin, todo el trasfondo metafísico que sustenta su obra.

Traslucirá Fernando González en sus obras gran parte de sus vivencias, imprimiéndoles un rasgo autobiográfico y también dará preponderancia a la forma de diario, utilizada como recurso literario para dar mayor coherencia a las impresiones y reflexiones que los diferentes climas vitales propician. Este recurso es utilizado en varias de sus obras: Mi Simón Bolívar, Viaje a pie, Don Mirócletes, El maestro de escuela, entre otras.

La influencia existencialista es otra constante en su obra, pero es al final de ella donde se ve mejor representada, en el Libro de los viajes o de las presencias acudirá a menudo a categorías, variaciones del lenguaje, análisis filológicos, de procedencia claramente existencialista que darán pie a meditaciones sobre el tiempo, la agonía, la muerte, la nada, el destino del hombre, la angustia, a la manera de Kierkegaard.

Cabría, finalmente, la mención de Henri Bergson y el rechazo de la razón en favor de la instrucción. Cabe decir que más que aceptar una definitiva y contundente influencia en cuanto a su pensamiento americano, la lectura de los antes nombrados, es en González, por sobre todo, una inspiración.

Hasta aquí, llegan las influencias más generales y explícitas que pudieron influenciar a Fernando González, influencias que como se ve no son definitivas, sino que varían en el transcurso de su obra. La amplitud de su pensamiento y una actitud siempre inquieta y dispuesta, le permitieron permanecer en constante movimiento, González resume esta actitud frente a la vida de la siguiente forma: “La juventud es bella aunque no se bañe. Por eso, por amor a ella, para no separármele, he querido permanecer siempre aficionado y no ser profesional. Así puedo contradecirme, no tengo obligaciones, me parece que estoy aún en el colegio de los jesuitas y que no he terminado mi documentación. Porque soy también un jesuita soltado. Me da hasta risa pensar en el asco que le tengo a la terminación de los estudios, a la vejez y a la muerte. Porque cuando uno cree que ya sabe una cosa, es porque ya se murió. Todos son muertos, menos los que nos documentamos y nos documentamos, como los jueces que se demoran y se demoran. ¿El juicio? ¡Va! Eso es matar el proceso filosófico… Lo único que sé es que la filosofía es un camino, una amistad, y no un matrimonio con la verdad. Ésta no se ha casado, es virgen, una virgen juguetona. Quien afirme que ha poseído la verdad es un… viejo sofista.”5)

  1. - - Intenciones

Presento este texto entonces como una introducción al pensamiento de Fernando González, no pretendo abarcar toda la obra, ni dar cuenta de cada uno de los aspectos de la misma, el contexto anterior permite hacerse una idea general de la obra, del contexto social y filosófico en el que vivió González. Su obra, llena de influencias de todo tipo, logra apartarse de manera crítica de la tradición filosófica y cultural de la época. Este texto pretende mostrar cómo inicia este proceso, cómo sus primeras obras son el marco teórico necesario para, de allí en adelante, crear una obra que bien podría enmarcarse como pensamiento original y propio de Latinoamérica.

No voy a abordar en este texto la problemática iconoclasta y el mito ateo que ronda a Fernando González, su obra está llena de mística religiosa y sería un error pretender negar esta parte de Fernando González, quien a pesar de sus críticas a la estructura de la Iglesia católica, jamás se alejó realmente de la creencia religiosa. Los problemas que tuvo con la Iglesia no son más que lecturas mal hechas y malas interpretaciones de quien en su momento lo leyeron y se atrevieron a censurarlo, la fe en un dios y la creencia religiosa es necesaria, entender este aspecto de la vida de Fernando González es importante para abordar su obra.

La religión, la filosofía, la cultura, el territorio, el tiempo, son parte fundamental del proceso de individuación. Fernando González haciéndose escritor, filósofo, es lo que este texto quiere mostrar.

Capítulo 1 - ¿Literatura o Filosofía?

La clasificación tradicional de los diversos géneros de la literatura, aplicada a un caso como el de Fernando González es insuficiente, ya que las fronteras levantadas para facilitar la teoría y la crítica literaria aparecen borradas en él. Entre uno y otro libro existe tanta diferencia en cuanto al género, como internamente en la mayoría de ellos, donde se confunden, se entremezclan y anulan con la mayor espontaneidad. Si algunos de los lectores de Fernando González se deciden a clasificar sus libros de acuerdo con estos patrones clásicos, lo hacen precariamente, eligiendo dentro de ese mosaico el género apenas prevalescente sobre los demás.

El intento más completo por clasificar sus escritos lo hizo James Willis Robb, y con base en ese cuadro se pudo establecer una ordenación aproximada de ellos. Según éste, descontando una tesis y los artículos de la Revista Antioquia, seis de los libios son ensayos: Pensamientos de un viejo, Viaje a pie, El hermafrodita dormido, Cartas a Estanislao, Los negroides y el Libro de los viajes o de las presencias. Además cataloga a Fernando González como el mejor ensayista de la época en Colombia. Tendría que serlo necesariamente, porque hasta ese momento no había otro ensayista colombiano que trabajara ese tema. Pero no es Fernando González propiamente un ensayista, ni sus libros son ensayos, aunque conserven algunas notas propias al género. “Lo que comúnmente se denomina ensayo, es un trabajo breve, con ciertos ingredientes estéticos, de carácter científico, artístico o filosófico, que analiza un determinado aspecto u objeto cumpliendo con una metodología dispuesta para tal caso. Pero los libros antes citados contienen otros ingredientes ajenos al ensayo”6),Pensamientos de un viejo es una colección de reflexiones acerca de temas bastante dispersos, valiéndose, en muchos casos, de anécdotas imaginadas al estilo oriental, Viaje a pie, El hermafrodita dormido y el Libro de los viajes o de las presencias son experiencias, impresiones de viaje, de carácter autobiográfico, las cuales son un pretexto para introducir reflexiones de tipo filosófico, lógico, político, histórico y sociológico. Cartas a Estanislao, tal como su nombre lo indica, pertenece al género epistolar y panfletario. El único que cumple casi con todos los requerimientos del género del ensayo es Los negroides, en donde se estudia sociológicamente a Dios y Suramérica. Por lo tanto, la definición de estos libros como ensayos no es exacta y solo se acercan al género, en cuanto que en ellos se dan cita, simultáneamente, la estética literaria y el ejercicio teórico de la razón, características que como se verá, son un atributo propio de toda la obra de Fernando González.

Un segundo grupo lo conforman, según Robb, las biografías noveladas, con Mi Simón Bolívar, Mi compadre, y Santander. En el capítulo la novela biográfica (y la biografía novelada ).

Hay un último grupo denominado por Robb como “cuasi-novelas”. Al anteponerle este adverbio ya denota la falta de claridad y mejor, la dificultad con que operan estas esquematizaciones en el caso de Fernando González, pues El remordimento, El maestro de escuela, y la Tragicomedia del padre Elias y Martina la velera están lejos de ser novelas. Solo se acercan al género en la estructura externa, pues en su contenido conviven explícitamente, con el relato, trazos autobiográficos, discusiones morales, teológicas y filosóficas. El ejemplo más patente está en El remordimiento en el que después de la primera mitad, en donde el hilo conductor lo llevan ciertas experiencias ardorosas del autor en Marsella, aparece un estudio de los mecanismos psicológicos y morales que actúan en este terreno de la conciencia. El “cuasi” referencia entonces, a la participación por mitades de narrativa y ensayística.

  1. 1.1 Estilo Literario
  2. ¿Por qué será tan vulgar?, es una de las primeras preguntas que según Harry Darison surgen a quien siquiera haya leído un libro de Fernando González.

Esto quizá no ocurra en la actualidad, en donde cualquier lector más o menos familiarizado con la literatura contemporánea pasará por alto las palabras salidas de tono o las narraciones de escenas íntimas, tan usuales en sus libros. Ya nadie se escandaliza con ello, pero en la época en la cual escribió Fernando González era algo insólito, para él era necesario recurrir a tal vocabulario, era una forma para expresar sus ideas.

Varios de sus comentaristas coinciden en señalar como un rasgo negativo de su estilo el lenguaje vulgar. No se trata de una vulgaridad a nivel estético, pues la belleza de su estilo permanece a pesar de sus libertades en el lenguaje. Es más, en algunos pasajes, este defecto contribuye, aportándole naturalidad. Lo que se le critica es el descuido y exceso en la utilización de este tipo de palabras que intervienen en algunos de sus párrafos, el lenguaje crudo de sus libros tiene, sin embargo, explicación en un profundo rechazo ante el estilo académico de la mayoría de prosistas y oradores, que ven en el refinamiento un signo de cultura y superioridad.

Por lo general este tipo de palabras son usadas para contrastar una situación, para desdibujar un prejuicio, para retratar una realidad, cosas que no cree poder lograr con el léxico del diccionario. Disculpa o no, echaba mano de esas palabras porque las necesitaba para los fines de sus libros, nunca para expresarse oralmente. Lo cierto es que sus libros tampoco están saturados de ellas; no aparecen en todos ellos.

Pero este punto negativo que puede ir en perjuicio de su prosa, es borrado en gran parte por dos cualidades inherentes a su estilo: el humor en la autobiografía y el lenguaje vulgar.

La mayor parte de sus escritos están caracterizados por la nota del humor que atrae al lector y permite la fácil lectura de sus libros, así se trate de temas serios y profundos.

A diferencia de lo que ocurre con el lenguaje vulgar, no creemos que ese fino humor sea impuesto, sea un método para estimular y congeniar con los lectores o simplemente para burlarse de sus enemigos. Es más que eso; en Fernando González el humor es una actitud ante la vida, una disposición de ánimo desde la cual se observa y juzga duramente al mundo. Sin lugar a dudas, ese humor y lenguaje propio aporta gran belleza a su estilo literario y es uno de los factores que lo hacen inconfundible. Ha sido uno de los más grandes humoristas de las letras colombianas y en esa profesión es muy difícil superarlo. Pero más valioso resulta su humor como postura crítica e intelectual. Es lo que le da cierta lejanía de los acontecimientos, lo que ausenta y defiende y lo hace parecer indiferente e irresponsable de sus juicios. “Estoy convencido de que es necesaria cierta dosis de ironía para la admiración inteligente. Me explicaré: sólo los inferiores admiran con seriedad”.7)Es por el contrario un humor profundo, sentido, que ha aprendido a convivir con sus contradicciones internas y que por ello, cuando emplaza a los demás, lo está haciendo especial y directamente con su propia persona. De ahí que sea amargo y pesimista.

Todo el humor y la crítica que trae de este se esconde, tiene como inmediata referencia al propio Fernando González. Desprecia hablar de lo que no le conste personalmente, de aquello que no haya atravesado dolorosamente su existencia. Una vez experimentado, lo sabe con autoridad suficiente para escribir y tratar a los demás con dureza. Este hondo furor en contra de sí mismo es manifestación de la necesidad de testimoniar cada acto de su vida, hecho que, aplicado al campo literario, impregna autobiográficamente sus libros. Su obra es, en su total extensión autobiográfica, índice peculiar de su estilo. Y esta inclinación a narrarse, a incluir situaciones y sucesos de su vida, a justificarse, no escapa a ningún libro suyo. En algunos lo hace indirectamente, avocando a sus personajes. En otros, de una forma directa, como en Viaje a pie, o Don Mirócletes, fueron transcripciones selectas de un diario íntimo. No puede pensar en nada que no tenga relación con su persona. Aún los temas históricos, sociológicos y filosóficos son analizados por él mezclándose con ellos. Nada más distante de él que estudiar un objeto fríamente en la lejanía, pues se siente partícipe y centro, hasta de lo más abstracto. Esto obedece, en primera instancia, a una teoría del conocimiento en la que el hombre conoce a su medida entrando en juego sus sentidos y emociones.

En fin, error o virtud, sus libros transparentan su vida. Y más que testimonial, su literatura es de carácter confesional, es el cumplimiento de un deber que se adquiere con el don de escribir, es en esencia una catarsis espiritual: “La literatura ha sido mi panacea; es una necesidad espiritual, sucedáneo del confesonario. Tanto me confesé donde los jesuitas que si no lo hago ahora, me extingo.”8) Pero, por supuesto, no todos los libros de Fernando González están escritos en primera persona, no obstante son autobiográficos. El medio que utiliza para proporcionarles una mayor dinámica y de paso evitarles la redundancia–ya lo había dicho– es la creación de personajes simbólicos a los que infunde vida aparte de la suya, ya que son prolongaciones de su ser. Encontramos a Manuelito Fernández, Don Lucas de Ochoa, Bolaños, el Padre Elías, Manjarrés, personajes que, analizados con agudeza psicológica, son una producción fiel de aspectos o conjuntos de aspectos de su personalidad.

Fernando González explica así su invención:

“¿Cómo sucede esto? Yo no lo sabía antes. La creación de un personaje se efectúa con elementos que están en el autor, reprimidos unos, latentes, más o menos manifestados, otros. Durante el trabajo, la imaginación y demás facultades se concentran e inhiben los complejos psíquicos que no entran en la creación, y desarrollan, activan aquellos que lo van a constituir, hasta el punto, a veces, de que el autor sufre un desdoblamiento y la ilusión de haber perdido su personalidad real.

La creación artística es, en consecuencia, la realización de personajes que están latentes en el autor. Nadie puede crear un criminal, un avaro, un santo, un idiota, un celoso, sin que los lleve por dentro. Puede ser buena toda la apariencia de un artista y crear un monstruo. Pero ahí se traiciona, ahí confiesa… La observación no es bastante por sí sola para creaciones verdaderas; ayuda apenas.”9)

Pero, ante todo, lo que quiere comunicar es el vértigo que siente el hombre cuando descubre la infinidad de opciones vitales que se le ofrecen a cada momento, y que pugnan por realizarse, por concretarse. Luego, su obra no es solo autobiográfica porque invente personajes a manera de seudónimos, sino porque a través de ella logra identificarse.

Como rasgo esencial de su estilo y lo que constituye propiamente su alma y su estructura, sorprende en la composición literaria de Fernando González el permanente contraste entre lo teórico y lo práctico, lo conceptual y lo vivencial, que se entrelazan sin conflictos a través de toda su obra. Aquí es donde radica su valor, sea que se le juzgue estéticamente o se examine su contenido intelectual, pues su obra, si es algo, es precisamente la conjunción de esos dos elementos, valiéndose para él de miradas naturalistas, anécdotas personales, acontecimientos del contexto en el que vive, comparaciones, comentarios de sus lecturas, etc. En el vaivén literario, la alternativa y coexistencia de lo abstracto y lo contemplativo dan una gran vitalidad a su prosa, creando una perfecta armonía entre la forma y el fondo.

Al contrario, sucede en el orden intelectual, pues uno de los factores carentes en éste es la coherencia en el orden de ideas y la sistematización de las ideas en conjunto. Sin embargo, no es posible encontrar en la obra de Fernando González tales requisitos, debido a que la problemática estará siempre ligada a los hechos que la originaron. Nunca trata un tema científico o filosófico sino a propósito de las circunstancias que lo indujeron a estudiarlo.

A primera vista, no es explicable cómo teniendo una formación intelectual y filosófica tan alta parezca que la haya desaprovechado produciendo no más que fragmentos, trazos sin desarrollar. Esto complica la tarea de extractar lo que de filosófico existe en su obra, pero de esta forma logra aproximar y arraigar lo conceptual a lo cotidiano.

Reuniendo los anteriores valores estilísticos se puede decir que, desde el punto de vista artístico y literario, Fernando González fue uno de los mejores escritores colombianos de su tiempo. No fue novelista, tampoco ensayista, tampoco puede enmarcarse en ningún movimiento filosófico o poético de la época, sin embargo, no es un error designarlo respectivamente como el mejor prosista de su generación y como el más grande y original.

  1. 1.2. Planteamiento del problema
  2. Una vez introducidos en el conjunto de la obra y personalidad de Fernando González, nos vemos abocados a enfrentar el problema concerniente al valor y alcances de la misma. Por un lado, cabe preguntarse sobre su valor literario y por otro lado, por sus posibles implicaciones filosóficas o en el pensamiento latinoamericano.
  1. 1.2.1 ¿Su valor se reduce a lo literario?

¿Es válido decir que la obra de Fernando González posee la mejor prosa entre todos los escritores de su generación? ¿Esta cualidad estético-literaria agota todo el valor de su obra? ¿La grandeza de sus libros es solamente literaria?

No lo creemos así, además, no es esta la motivación que lleva a los lectores a acercarse a su obra, a conseguir libro tras libro hasta completar la totalidad de sus escritos publicados, en un empeño por conocer más de su personalidad, por verificar el curso que entre líneas iba siguiendo su pensamiento, en fin, por buscar respuesta a la infinidad de inquietudes sembradas en los surcos literarios de sus escritos.

Ciertamente no se pueden desconocer en ningún momento los atributos de su obra, y aunque no puedo juzgar por mí mismo la totalidad de la belleza de su prosa y la originalidad de su estilo, debido a que no poseo la formación literaria apropiada para ello, puedo acogerme a las sensaciones que genera en el lector su estética literaria. No obstante, estoy convencido que la obra de Fernando González no acaba solo en sensaciones, que este es un punto de vista importante para acercarse él, pero, en cuanto tal, es solo una motivación para hacerlo y es equivocado pensar que la estética literaria monopoliza la totalidad del fenómeno aquí tratado: Fernando González y su obra. Es más, se puede anticipar desde ya que su gran valor hay que buscarlo en el campo extra literario, aunque pequemos de vaguedad y generalización en demasía, pues dicho de esta forma –extra literario– se apunta en todas las direcciones, significando ampliamente todo aquello que no pertenece a la literatura.

En ello nos asisten varias razones. En primer lugar, es notable que el propio Fernando González nunca se consideró como siendo meramente escritor, como escribiendo literatura nada más. Tampoco se sintió nunca un creador de estilos literarios ni un innovador de la prosa castellana. Esto lo tenía sin cuidado, más bien, la literatura era algo tan natural a su persona, algo que veía tan obvio a la misión de quien tiene cosas que comunicar y elige con ese propósito el lenguaje escrito y busca siempre en él la belleza en tanto que es la forma más alta y efectiva de claridad. ¿Cuál será pues el criterio para el valor del estilo, del arte, sea cual fuere? La transparencia es entonces la estructura y composición literaria, más que un fin en sí misma, un medio que relaciona, una puerta que comunica directa y diáfanamente las estancias contiguas. El mérito de la palabra consiste en la permeabilidad, en el ser penetrable pero al mismo tiempo penetrante e incisiva para que provoque reacción y por lo tanto unión y adhesión. Fernando González no desdeña la palabra, comprende su destino de subordinación al mensaje que es el verdadero propósito y fin de todo intento de comunión entre existencias y, fiel a ello, es como ha logrado plasmarse, como ha conseguido transparentarse en una prosa tan rica y fluida, que adquiere su grandeza a causa de ir adherida a algo superior, que manifiesta belleza en cuanto no está desligada y remite permanentemente a ideales más altos. Fernando González no está de acuerdo con la concepción kantiana del arte y lo bello expresada en La crítica del juicio, en la que afirma que lo estético origina apatía, que lo bello place sin interés alguno y no es representación de ningún fin externo, sino que por el contrario el fin es intrínseco a él mismo. Por el contrario, Fernando González cree, y se adhiere a Schopenhauer y a Nietzsche, que todo arte debe despertar un interés, que debe poseer un medio y un fin para que estimule vitalmente al contemplador, incitándolo a posesionarse de lo bello. La indiferencia pertenece a la razón, pero lo bello conduce al hombre y lo remonta más allá de sí, lo obliga a trascender. De ahí que lo literario no tenga significación absoluta, que sea parte integrante, y al servicio, del hombre y sus objetivos. En el Libro de los viajes o de las presencias compara la intencionalidad del escritor y el ámbito de realidad en la cual surge y a la cual se dirige, con el acto de concebir o de parir. En ello lo principal es la concepción, pues quien ya está preñado, consecuentemente pare, siempre que se tenga algo nuevo y sublime para comunicar, el resto, la artesanía, se dará por añadidura.

Vana hubiera sido para él la tarea de hacer mera literatura, de describir la realidad en términos de escueta belleza y sin pretender recrearla. El sentido de su obra no se queda en este describir, sino en el descubrir y hacer manifestar la realidad en toda su extensión, con el propósito de establecer un lazo de empatía entre el hombre y lo que le circunda. Por lo tanto, nunca pretendió ser un artista literario, un escritor, sino un mensajero, y su prosa y su estilo tienen importancia mientras guarden fidelidad a su mensaje: “Todo lo que está ‘muy bien escrito’ es detestable. Cada cosa debe aparecer con el vestido que tenía mientras era vivida. El vestido y la música de su mundo propio.”10)

Pero, además del hecho de que Fernando González no se decidió a escribir literatura, existe otro inconveniente en contra de la pretensión de reducir su obra al campo puramente estético, cual es la que se deduce de la sentencia suya que cierra el párrafo antes mencionado. Es difícil que un autor que somete lo estético a su propio arbitrio, que supedita la forma literaria alas sinuosidades de las vivencias pueda calar del todo en el gusto de los lectores. Y al afirmar que el lenguaje debe mencionar las vivencias tal como se aparecen y son vividas, indiscutiblemente no está haciendo alusión al estilo surrealista, ni a cierto tipo de escritura automática, pues el estilo de Fernando González es bastante plácido y pausado, sino a la exactitud y justeza de la realidad tal como se le manifiesta al escritor. Lo restante son arreglos, trajes prestados, adornos que desvirtúan y falsean las vivencias, que son aquella conjunción siempre original entre el hombre que siente, conoce y vive dando sentido, y la realidad, que es tanto la materia prima como el foco hacia el cual se vierte el hombre y en donde él se realiza.

Así, es difícil que su prosa sea bella por completo, pues varía al ritmo del mensaje, del fin y las vivencias, perdiendo en este caso la armonía y proporción estéticas a cambio de la desarticulación e irregularidad de lo histórico humano. En este vaivén, su prosa adquiere, en algunos casos, vitalidad, energía, pero en otros se torna vacilante y dudosa, se complica. Estos altibajos hacen restar méritos al “mejor prosista colombiano de su generación” y dificultan la lectura, si ella va dirigida a la distracción y el disfrute meramente estéticos.

De otra parte, la temática de los libros de Fernando González no se presta para desbocar la imaginación del lector, para mostrarle mundos de ensoñación que le permitan apartarse por momentos de su cotidianidad, sino que está por completo dedicada a cuestionarle su realidad, a inducirlo a profundizar en ella, a hacerlo pensar y, en últimas, a probleamatizarlo. No puede ser entonces su obra, de lleno, literaria, pues aunque en la literatura se presentan ciertas dosis, no es su esencia, lo problemático, que si lo es en la obra de Fernando González, donde lo que se busca no es distraer, sino preocupar, inquietar y mover a la reflexión. Si se quiere leer literatura no es aconsejable leerlo, a lo sumo solo un poco de su producción puede contener, en parte, estas características literarias. Y es un hecho a favor de esto, detalle ya mencionado, que en las historias de la literatura colombiana o hispanoamericana no se le tenga en cuenta como escritor sobresaliente, lo cual no es debido a la incapacidad de la crítica literaria para asignarle un puesto, dado las dificultades de su género, ni a la incapacidad del propio autor para ganarse un sitio de honor en el ámbito de las letras, simplemente, su verdadero valor se sale del distrito de lo literario.

  1. 1.2.2. ¿Trasciende su valor hacia lo filosófico?
  2. ¿Pero, si su valor no pertenece al campo literario y hay que buscarlo en el vasto campo extra literario? ¿en qué nivel de este extenso grupo se encuentra? Como decíamos, extra literario es un adjetivo que por vía de exclusión hace referencia al lugar en donde no se debe ir a buscar nuestra respuesta, y en nuestro caso esa circunstancia no es un gran adelanto.

Y es a esta altura donde se plantea la cuestión de la presencia o carencia de valor filosófico en la obra de Fernando González. Por supuesto que ya tenemos un punto hacia dónde dirigir nuestras investigaciones, pero no lo hemos elegido a nuestro acomodo y amaño, sino guiados por una razón que es la que ha motivado en general a quienes se han acercado a su lectura y estudio: el hecho de que el propio Fernando González se llame a si mismo filósofo o, en el mejor de los casos, aficionado a la filosofía, que en la mayoría de sus libros mencione esa problemática palabra, además de que se refiera explícitamente a temáticas pertinentes a la filosofía y que dialogue familiarmente con filósofos reconocidos por la historia de la filosofía.

¿Es suficiente el tener la sensación de que se tratan problemas filosóficos o el creerse filósofo para serlo? Creo que no y esto mismo lo hago extensivo para el caso de Fernando González.

La palabra Filosofía aparece tardíamente en Grecia y como una reacción espontánea y modesta a la pretendida “sofía”(sabiduría) de los sofistas. Es por ello que, antes que un honor profesional con implicaciones de éxito social, significaba una simple afición a la cual unos cuantos hombres accedían desinteresadamente. A pesar de que para Platón el gobernante deba ser un filósofo, o de que para Aristóteles la filosofía primera sea precisamente la primera, no se nota en ellos una ferviente preocupación por ganar elogios y alabanzas dada su condición de filósofos. Posteriormente, tampoco se llegó a forzar este apelativo. Es solo en la actualidad cuando se disputa sobre quién pueda hacerse acreedor o acerca de sobre quién deba recaer este tipo de titulo, es solo recientemente cuando parece constituirse una especie de tribunales, con sus respectivos defensores y fiscales para decidir tales cuestiones. Como en el arte, en torno a la Filosofía se ha creado una crítica cuyo fin es, antes que apreciar la verdad o falsedad, la incoherencia o sistematicidad, la historicidad o anacronismo de su contenido, el de publicitar o descalificar a un filósofo.

Pero este es tan solo el fenómeno; la cuestión de fondo atañe a la definición de cuáles sean o deban ser los criterios para declarar el mérito filosófico. Aunque no se hayan señalado, es sin embargo claro que no es suficiente con creerse filósofo. Y es también claro que no basta con haber cursado en algún centro o universidad estudios que otorguen ese título, como también lo es que no sea suficiente con que algunos se pongan de acuerdo para nominarlo como tal.

De otra parte, también ocurre en la época de Fernando González, otro fenómeno peculiar respecto a la filosofía. Mientras por un lado se ha rebajado tanto hasta equipararla con el sentido común, mientras se habla de filosofías en plural repartidas al servicio ideológico de cuanta actividad humana exista, mientras que cada cual se siente con derecho a tener su propia y muy personal filosofía; de otro lado, nadie osa autodenominarse filósofo o adjudicar ese apelativo a alguien, guardando distancia ante ella, tal vez por respeto, tal vez por incomprensión y vergüenza.

El calificativo de filósofo ha desaparecido y nadie es tan inmodesto cono para escogerlo para sí. Hoy en día el calificativo usual para aquellos hombres estudiosos de los temas humanísticos, científicos, artísticos y culturales es el de “intelectual”. Estamos, pues, en una época en la cual desaparecen los filósofos en proporción inversa al surgimiento de los intelectuales. Parcialmente., ello puede obedecer a que escasean los pensadores de talla, que por su dedicación y genio lo merezcan. Pero también obedece a una nueva concepción acerca de lo que es la filosofía. Su nombre ha entrado en decadencia y no se ha recuperado del todo del duro golpe asestado en el siglo pasado por el positivismo, de ahí que se haya visto relegada a seguir el compás que le marque la ciencia y a recoger con interés de actualización los resultados que ésta arroje. Además, las corrientes que en la filosofía han reaccionado contra el imperio positivista, se han cuidado de no caer tampoco en la posición que sirvió de blanco a sus críticas, cuales fueron las extralimitaciones de los grandes sistemas del idealismo alemán. Con esa preocupación han querido aliarse, o por lo menos acercarse, a disciplinas científicas y humanísticas.

En nuestro medio latinoamericano surge la preocupación por encontrar un medio de expresión propio, tanto en las diversas manifestaciones culturales, como en lo económico, social y político. A esa preocupación no escapa la filosofía, más si se tiene en cuenta que ella debe ser la abanderada del pensamiento latinoamericano. Pero el hombre latinoamericano, una vez ha adquirido esta conciencia, pierde terreno al tratar de justificar su derecho a la filosofía, más cuando se duda si realmente existe, ha existido o deba existir la filosofía en nuestro continente.

De modo pues que a todo nivel es problemática la posición de la filosofía. Y es en ese momento y dentro de ese incierto panorama, donde irrumpe Fernando González refiriéndose a sí mismo por intermedio de Manjarrés, su alter ego: Manjarrés se cree “un filósofo” y un “postergado”.11)Conveniente anotar, que dentro del contexto de este libro, El maestro de escuela, las dos palabras puestas entre comillas se combinan y llegan a ser sinónimos, a raíz del análisis que allí se hace siguiendo a Nietzsche muy de cerca, en La genealogía de la moral, sobre las motivaciones íntimas y frustraciones que conducen a los filósofos a sufrir el complejo, según Fernando González, de “grande hombre incomprendido”. A la luz del párrafo, se hace claro también que reniega de sí mismo como el filósofo que cree ser, al encontrarse en una etapa crítica y de revisión de su vida. Pero lo que más nos importa ahora es que, aunque de manera tímida, Fernando González se siente filósofo.

Tomemos otro texto en el cual ya se muestra más seguro de sí mismo:“No debía importarme ni el dinero, ni la fama, ni el honor, pues desde niño me apellido filósofo. ¡Cuán hermoso este nombre! Significa el esencial, despreciador de todo, menos de la conciencia”.12) Parece imperdonable tan categórica postulación, si no es porque es evidente la ironía escondida tras estas ilusiones.

Creerse filósofo es aún permisible, siempre y cuando no se excedan los límites de la propia e interna convicción, pero proclamar la primacía de su vocación en todo un continente, ya es demasiado, y no puede pasar gratuitamente. De este modo, varias afirmaciones se han elevado como piedra de batalla para hacer crítica sobre su obra, la primera que es condición básica de la filosofía, y la segunda capacidad propia del común de la gente. Y es por esta razón, por la que de esas afirmaciones proviene el cuestionamiento sobre los alcances filosóficos de la obra de Fernando González.

Pero,¿qué hubiera sucedido si él nunca se hubiese autocalificado, con tanto énfasis y tan resuelta y reiteradamente, como filósofo? ¿El problema estaría resuelto?, es decir, ¿jamás habría sido planteado? La segunda pregunta responde a la primera, si se pudiera afirmar con absoluta certeza que su obra carece de filosofía alguna.

Ahora, exista o no exista filosofía, el hecho es que Fernando González se adelantó a ese postrer juicio, y de tal manera, que estableció el curso a seguir por la crítica futura. De ella, algunos al pie de la letra sus aseveraciones, y como consecuencia lo han llegado a postular apresuradamente ya como filósofo sin más, ya como filósofo de la personalidad o más decididamente como uno de los más importantes filósofos latinoamericanos. En el otro extremo, y con la misma falta de rigor que los anteriores, se le niega enérgicamente consistencia filosófica a su obra.

Es de anotar que no todos sus comentaristas toman una posición tan cerrada y dogmática como los anteriores, pues no explicitan el problema, creyéndolo de otro género, o bien, actuando con amplitud o relatividad, lo dejan abierto.

El problema no es fácil de resolver, antes bien, es más complejo de lo que algunos suponen, por lo cual no se puede afirmar o negar, de buenas a primeras y en forma concluyente, la relación de la obra de Fernando González con la filosofía. Se podría proceder para su resolución, fabricando, de principio, un concepto específico de filosofía, para luego verificar si hay filosofía, en la medida en que se acoja a las proposiciones del concepto, o negativamente, al no se ajuste a sus límites. De esta factura son todas las opiniones en pro o en contra, que anteriormente nombrábamos, pues tácita o manifiestamente parten de una preconcepción filosófica determinada y reducen el fenómeno a un esquema previo, con criterios de concordancia o discordia.

Sin duda, este trasfondo de supuestos también opera en el estudio que estoy haciendo y va a influir definitivamente en la conclusión. Pero no creo conveniente proceder de partida por este método, pues aunque conduciría a una rápida y veraz demostración, maltratará el problema, forzándolo a mostrar una sola cara, cuando en realidad consta de varias. Pretendo, en principio, hacer simplemente una aproximación a su pensamiento, valiéndome para ello de algunos textos que traducen su concepción de lo que es para él la filosofía, comparando y diferenciando en su pensamiento con respecto a las líneas filosóficas que conscientemente asumió y dentro de las cuales se inscribe, para entrar de esta forma a sopesar el valor y las características típicas de sus hipótesis en este campo.

Capítulo 2 – Concepción Filosófica

  1. 2.1. Advertencias
  2. Lo que aquí hemos determinado como problema, no parece serlo para el propio Fernando González. De acuerdo con lo expresado por él en diferentes ocasiones, su verdadera vocación es la filosofía y su condición de filósofo la da por sentada sin lugar a equivocaciones. Es pertinente preguntarle entonces qué entiende él por filosofía, ya que con tanta familiaridad suele tratarla. Pero sí, ante sus anteriores afirmaciones, debemos estar prevenidos para no incurrir en el error de creerle ingenuamente, es la perplejidad la que prima ante lo dicho por él acerca de la esencia de la filosofía, porque no elabora una definición única y determinante de filosofía de la cual nos podamos fiar, en sus libros aparecen diferentes definiciones, desconcertando la mayoría de las veces por lo contradictorias entre sí.

Se tropieza aquí con uno de los defectos primordiales de Fernando González –a lo menos por la dificultad que presenta a quienes quieran profundizar en un tema específico de su pensamiento– debido a que no lo expone en una estructura continua y homogénea que permita seguirlo sin desviaciones ni retrocesos. Las diversas materias que trata en ellos subyacen dispersas a través de sus libros, y en ninguno de ellos se propone deliberadamente tratar en rigor una sola, pues siempre se involucran unas con otras. A causa de ello, no es posible determinar un libro como referente en su totalidad para una temática en especial y cada uno es un conglomerado heterogéneo de materias, que solo se sostienen y encuentran su unidad en el campo mental circunstancial del autor o en el hilo de la narración.

De ahí que el eje central de cada uno de sus libros, el que enlaza los libros imprimiéndoles identidad, es en últimas, el momento vital, el clima espiritual, como él lo denomina en el prólogo de Viaje a pie: “Antes de todo, un autor debe definir su clima interior. Este enmarca, define el libro. En cada época de su vida el individuo tiene tres o cuatro ideas y sentimientos que constituyen su clima espiritual. De ellos, de esos tres o cuatro sentimientos o ideas, provienen sus obras durante esa época”.13) Y a continuación de este párrafo, para puntualizar el ambiente de su libro y de paso colocar un ejemplo, hace una descripción del clima tropical, de las condiciones geográficas, que, en el lapso de tiempo en el que realiza el viaje y escribe el libro, lo ambientan.

Esta concepción claramente determinista, concede demasiada importancia a los condicionamientos externos que influyen y dirigen al hombre en su actividad vital, rebajando de categoría la libertad humana y negándole siquiera un margen de estabilidad y autonomía, tanto ante estos medios externos como ante los propios sentimientos y pasiones. Sin embargo, no por ello deja de llamar la atención sobre una gran verdad, pues en cuanto se refiere a la disposición ambiental y al estado interior del autor en el momento de la creación o de la reflexión, es indudable que ellos influyan, en mayor o en menor grado, en su resultado y en el papel.

¿En dónde queda la objetividad? Se aprecia en toda actividad intelectual del hombre, es precisamente por ella, y con lo expuesto por Fernando González, se la está negando de plano, pues sugiere la incapacidad de la razón para alejarse transitoriamente de los objetos, para poner entre paréntesis y omitir los propios sentimientos y emociones, y con base en ello aprender lo esencial de la realidad circundante. No obstante, lo que pretende Fernando González es aceptar esta intromisión, tanto interna como externa, como base para poseer la vivencia total, que es lo que constituye el fundamento de su teoría del conocimiento y de su método emocional, que más adelante expondremos.

En esta ocasión, sirve para ilustrar la dificultad de emprender el análisis de cualquier definición de Fernando González sobre la filosofía. Definiciones que por otra parte se multiplican, pues, como describía antes, el común de sus libros contiene repetidamente los mismos problemas, de ahí que retome en cada nuevo libro los del anterior y los confronte con nuevas perspectivas y originales matices. De esta característica nacen, tanto su inclinación desmedida por las definiciones, como su aversión por sostenerlas. Enunciaciones que parecen definitivas al leer aisladamente un libro, son tan solo observaciones parciales, conceptos transitorios susceptibles de ser enmendados o complementados en otros libros. La modificación de las definiciones no se presenta siempre en el mismo sentido de las que les preceden, a la manera de agregados, sino también, en algunas circunstancias, oponiéndoseles y negándolas, buscando nuevos puntos de vista y experimentando otras salidas. Podemos decir, en conclusión, que existen tantas definiciones de filosofía en su obra, mas no demasiadas ni suficientes, pues ateniéndonos a lo que en realidad significa definición, no existe ninguna.

Advertidos por tanto de la precariedad y falta de estabilidad de un pensamiento sistemático en Fernando González, y más con respecto a lo que él entiende por filosofía, resulta necesario abordar su análisis, limitándonos a exponer algunas de las definiciones más características al proponer su reunión en tres grandes bloques o determinaciones. Esta restricción y selección para el análisis, permite lograr una natural aproximación a su filosofía, más adecuada que si la comparamos con una definición nuestra. Y se arriesga a esbozar la supuesta unidad en la cual se concentra lo esparcido de sus reflexiones.

  1. 2.2. La filosofía como aclimatación

Para empezar a entender la definición de filosofía de Fernando González, es necesario acercarnos a otro texto de él, que escribe como prólogo, para el libro de Oscar Pino Espinel llamado “Mis filosofías”, donde afirma que:

Desde este punto de vista, aclimatarse, la filosofía es función vital. Todos filosofamos. Todos bregamos por comprender, o sea, por asimilar seres y sucesos. Cuando se juntan dos cuerpos, reaccionan, luchan, ceden mutuamente y acaban por formar otro cuerpo. Así, la química, con sus afinidades, composiciones, repugnancias, etc., es el filosofar de los cuerpos simples. Y electricidad, magnetismo, fenómenos hidráulicos, ¿no son, por ventura, intranquilidad de fuerzas que buscan a su Padre, un centro de gravitación universal? Y el amor ¿no es tendencia a la unidad, nombre que damos a la atracción? Todo anida. Todo es filosofía. Ella, en resumen, es Dios.14)

Hay aquí varios puntos sobre los que conviene detenerse, pues designan las pautas más generales y básicas para la comprensión del sentido de filosofía de Fernando González. En primer lugar, acontece que la filosofía es insertada al interior del fenómeno de la vida. Lo que prima en el hombre es la vida, su vida, y todo lo que en ejercicio de ella hace, no puede ser considerado independientemente y al exterior de ella. La vida es, como diría Ortega y Gasset, aquello que más radicalmente pertenece al hombre, resulta interesante aquí considerar la fecha en que escribiera el prólogo, 1935, por la cercanía de épocas con las teorías de Ortega y Kierkegaard, que como veremos coinciden en muchos de sus aspectos con lo dicho por Fernando González, es el dato originario con que éste se encuentra, hasta el punto de que el mismo encontrarse es función vital, es decir, es un encontrarse viviendo.

Ahora bien, uno de los quehaceres de la vida es, según el prólogo, la filosofía, esta es una de las profesiones que se desempeñan en y por la vida y el acto del filosofar es signo de vida, es señal de estar vivo. Pero esto no es propiamente a lo que se refiere el párrafo anterior, como sí evocara el cogito ergo sum de Descartes, ya que la vida es la experiencia primaria que cobija y comprende como componentes todas sus funciones, entre ellas, la filosofía.

Lo que se anota allí es que la filosofía es una función en un doble sentido vital: vital, en su acepción adjetival, como aquello que es de un ímpetu anclado en aquello que es en grado máximo. Y vital, en el sentido de relación con lo concerniente a la vida. Conciliando estos dos significados, resulta que la filosofía es la función que por excelencia compete a la vida, esto quiere decir que la vida, para serlo íntegramente, necesita o requiere de la filosofía.

Se comprende entonces el que todos los hombres apelen, aunque sea por momentos, a la filosofía, que todos filosofen. Esta intima conexión entre la filosofía y la vida donde consideremos a la primera como ente abstracto y desprovista de un ser que la encarne y represente. Fernando González en raras ocasiones se refiere a ella en la forma sustantiva, y cuando lo hace, es generalmente para aludir a cierta clase de error que se ha hecho pasar por filosofía. La mayoría de las veces la utiliza en su forma verbal, filosofar, como algo práctico, como siendo ejercida por alguien; filósofo, filosofamos, etc. De la misma manera anotaba Ortega y Gasset que: “Todo lo que no sea definir la filosofía como filosofar y el filosofar como un tipo esencial de vida es insuficiente”.

Pero ¿por qué esta exigencia de la vida? ¿Por qué el hombre se ve irremediablemente atrapado a filosofar? Porque la vida en ningún momento está resuelta, es incierta y al hombre le corresponde resolverla. El hombre se ve inmerso en ella y por esa razón se le escapa su sentido total, solo le es posible vivir más que por fragmentos, aunque ella le sea dada íntegra, de ahí que se encuentre perdido en ella y, aunque la mayor parte del tiempo no se da cuenta de esa situación, precisamente porque está perdido, es su destino el encontrarse. Fernando González considera que a pesar de que la vida es lo que más le pertenece al hombre, la actitud de éste es la de quien está aprovechando algo ajeno, pues actúa y se conduce en ella como si estuviese fuera de su medio natural: “El hombre es el animal que investiga, que aprende, a quien se enseña hasta el amor a la madre, pues no sabe quién es, ni de qué es e ignora lo que debe o no debe hacer”.15) Este ser irregular y contradictorio que es el hombre no sabe de dónde le vino la vida o de dónde provino a ella.

Siendo así, está en la obligación de descifrar su sentido y el efecto de ello es una lucha, un “bregar” por “aclimatarse” a la vida. Necesita orientarse más, esto no se lleva a cabo fácilmente, él proviene y una vez trasplantado en la vida ha de aclimatarse o morir y ese proceso dura una vida:

Cada uno filosofa según su medio ambiente, pues queda demostrado que filosofar es entrar en relaciones, para apaciguarse. Es como el toro o el gallo nuevo en la vacada o en el gallinero, que primero pelean, huelen, miran, escuchan, hasta que el estado del ambiente queda establecido. Pero queda establecido aparentemente, pues en realidad la lucha, la aclimatación, duran siempre: jamás cesamos de filosofar; quien posee otra cosa que opiniones, conclusiones provisionales, es un demente.16)

De acuerdo con este otro párrafo del prólogo, la filosofía es un instrumento que propicia, no facilita, la aclimatación y todo hombre que la necesite debe filosofar. La filosofía en tanto aclimatación es un imperativo de todos los hombres, no de unos cuantos, por cuanto a todos les concierne decidir su propia e intranquila vida.

La filosofía es en consecuencia una experiencia dolorosa, una constante lucha. Dado que la solución de la vida no es gratuita sino impuesta, la aclimatación debe ser a toda costa convirtiendo a la filosofía en un saber dramático. Esto lo decía en un parágrafo anterior del prólogo: “Este anidar sobre la tierra y sus fenómenos ha sido mi profeso, y me ha causado tantas alegrías y, penas, que he llegado a llamar la filosofía, mi mujer o mi amante […]”.17) No obstante, el drama dura el tiempo que dura la vida, siendo esta reincidencia la que le confiere el carácter dramático y agónico, ya que a diferencia de lo físico, nunca se consigue la plena aclimatación. Cada día hay que recomenzarla, cada día se presenta una ligera o profunda variación, en la cual la vida debe reafirmarse.

Fernando González deduce de tal situación que la modalidad de la filosofía no es definitiva y única, más bien relativa y provisional. Pues lo que cada cual está impedido a filosofar, a disponer de un clima favorable, se filosofa según su ambiente personal aunque la finalidad sea la misma. El contexto en el cual se halle situado el hombre es el que se le opone y le ofrece resistencia, le impide adaptarse fácilmente y continuamente lo reta. Y este desafío se gana asimilando lo que constituye el ambiente, asimilación que toma la forma de una apropiación de parte del hombre, de tal manera que anule la oposición existente entrando en un estado de semejanza y fusión. Corno se verá más adelante, el conocimiento procura que el hombre se confunda con su ambiente.

Una última conclusión a la que se arriba con el análisis de algunos apartes del prólogo es la de que el ambiente o contexto desde el cual se filosofa hace las veces de principio de individuación de la misma filosofía, puesto que la vida es personal e intransferible y se vive en unas circunstancias muy concretas y particulares, niega al proceso de aclimatación su condición universal y permanente. Por lo tanto, no existe La Filosofía sino las filosofías relativas al medio del cual surgen, filosofías que responden a las circunstancias, que se amolden a las necesidades que éstas les impongan. La filosofía es histórica y como tal hay que tomarla, sin pretensiones de universalidad y verdad absoluta.

La concepción historicista que adopta y aplica Fernando González, convierte a la filosofía en lo que es, expresión del hombre, función vital. Estos, la vida y el hombre, son la fuente de donde brota, son el motivo de que ella exista, son su apoyo y razón de subsistencia, con lo cual se hace apreciable que la filosofía no debe, no puede, olvidar al hombre y su situación. Con esta concepción, se le concede a la filosofía un espacio en el mundo, se le otorga una misión a favor del hombre, se le abre un cauce en la historia, pero también se la limita y recorta para que se concentre en el desenvolvimiento de sus reales posibilidades.

Con este instrumento, Fernando González se lanza a combatir la filosofía perenne, aquella que de tanto rigor y perfeccionamiento había dado la espalda al hombre, perdiendo la memoria de su condición y origen. Critica en sus obras a los grandes sistemas filosóficos, a aquellos que como él, dice, se toman a sí mismos muy en serio y van a la conquista con como con impulsos militares: “Pues los sistemas filosóficos son también excreciones del compuesto psicofísico. Hay que abandonarlos como excreciones. Los hombres somos agentes del devenir y como tales debemos ser dóciles”.18)

A partir de la interpretación historicista de la filosofía y de la cultura, que tiene como trasfondo una metafísica del devenir, una dialéctica del universo y de la historia, se llega a una nueva concepción del hombre en tanto individuo, que aporta a la idea de filosofía de Fernando González una nueva connotación. El hombre padece también el devenir. Ese devenir que percibe en los fenómenos naturales, lo constata en sí mismo, pues, si su cuerpo cambia y evoluciona, su espíritu se agita permanentemente en movimiento. El hombre es un ser que fluye, que deja de ser para llegar a ser en efímeros momentos, que le indica que no está concluido y que debe debatirse en un sinnúmero de posibilidades. Pero la variabilidad de su ser, de un estado a otro, la transmite a todo aquello que hace y alcanza. Y como la filosofía es producto suyo, ella no escapa tampoco a esa inexorable ley: la filosofía es relativa no solo al hombre histórico y social, sino, sobre todo, al hombre personal. Con esto se estrecha aún más el campo de su forma de filosofía, pues demuestra que no solo está constituida por las coordenadas espacio-temporales, más o menos amplias, sino también y por excelencia por el hombre individual, por el filósofo, quien le presta a su filosofía el carácter peculiar e irreductible de su personalidad.

El individuo que filosofa modifica su ser y la filosofía transita de su mano, modelándose a golpes de cincel de quien la ejerce.

  1. 2.3. La filosofía como vocación

En el libro Naturaleza, Historia, Dios, dice, refiriéndose a Hegel, que la raíz de la filosofía está constituida por la soledad, estado en el cual el hombre se siente solo frente al universo. Pues bien, esta vocación de soledad de la filosofía la experimentó Fernando González en las primeras etapas de su pensamiento, cuando su espíritu joven le dictara los Pensamientos de un viejo. Empero, la encontramos subsumida bajo experiencias mucho más extáticas y vitales, como es el caso del perspectivismo, que entraña la filosofía concebida como aclimatación.

En efecto, la filosofía vista desde la perspectiva personal apunta hacia el sujeto como una de las condiciones de su fundamentación y posibilidad, subjetivismo éste que encontramos en la obra de Fernando González como una segunda determinación de la filosofía. En cuanto al sujeto Fernando González, se patentizan algunos aspectos que inciden sobre su concepción filosófica. En primer lugar, delata una marcada inclinación a cerrarse sobre sí, bastándose con aquello que encuentra en su vida de una manera inmediata y natural. Su vida interior, su alma, son para él un filón riquísimo del cual extraer innumerables e inapreciables conocimientos y experiencias. Entonces, su composición espiritual se convierte en valioso objeto que en la medida en que se tome propiedad sobre él, se gana en profundidad y autoconocimiento.

Todo lo que le sucede lo conduce a examinar su interior, que es el principio de atracción de la vida fenoménica que corretea más allá de las estructuras de su yo. Esta vocación de interioridad, Fernando González la transporta más adelante al terreno de los libros, pues según él, la valiosa lectura –no aquella que procura la erudita información– es la lectura de alma, de su propia vida. No quiere esto decir que desprecie la formación que los libros dan, pues es evidente que su pensamiento es fiel espejo que refleja el gran bagaje de lecturas digeridas; más bien lo que intenta, es resaltar el valor de la interiorización y prevenir de los peligros que suelen acompañar a la lectura excesiva, más cuando ésta es tocada como medio vanidoso de culturización o conducto de evasión. Por esta razón, y a la par de Descartes, se impone en ocasiones el cierre de los libros, para dirigir la mirada a sus adentros, siempre novedosos. En Mi Simón Bolívar relata su decisión, un día, de no comprar más libros ni arrumar más conocimientos, pues escogió en su lugar la tarea de realizar uno tan siquiera en su interior. Impone con ello un método a la lectura consistente en asimilar los pensamientos que aparecen en los libros por medio de la sustracción y apropiación personal de ellos, como si fuesen propios.

Aunque, como decíamos, esta vocación es más decidida en su juventud, la continuará a través de toda su vida y obra, empeñándose en extraer de lecturas, acontecimientos sociales, fenómenos naturales y experiencias personales; todo aquello que contribuya poderosamente a aumentar y perfeccionar su espíritu. En ocasiones, él mismo valora ésta, su actitud, como egoísmo, pero egoísmo o subjetivismo, lo importante es que está determinando una forma del filosofar: la filosofía marginada de los procesos histórico-sociales y replegada a los fueros íntimos del sujeto filosofante, forma que tuvo su máxima expresión en el libro Pensamientos de un viejo.

Esta concepción de la filosofía, en la cual el filósofo es un solitario, un ser aislado del mundo, indiferente a placeres y honores sociales, depende mucho en Fernando González de la puerta por la cual hizo su ingreso a ella, pues se empapó desde un comienzo y sintió luego un profundo aprecio por autores como Epíteto, Sócrates, San Agustín, Pascal, Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche, quienes, unos más, otros menos, le justificaban su propensión a la meditación y su desconfianza por todo lo externo a sí. en este primer libro es visible la identificación del filósofo con el poeta maldito, con el eremita, con el Zaratustra encavernado, con el lama, ejemplos todos de una concepción filosófica sustentada en gran parte por el pensamiento oriental, que se opone con vehemencia a aquella filosofía oficialista y pública, de la cual había sido su mayor exponente Hegel. La filosofía se hace en y desde el silencio y la soledad y el filósofo es el individuo rebelde, que no se resigna a transitar por los senderos ya trazados, sino que busca desarrollar el nudo o pleito de su alma, el auténtico camino que deberá recorrer solo.

“—Soñar. Esa es mi diversión. Desde que me estudio a mí mismo, lo que más admirado me trae es este constante mudarse de mi alma. La más pequeña variación atmosférica hace cambiar mi yo. Y cada nuevo cambio trae una nueva visión del Universo. / Esa es mi diversión. Soñar mundos; filosofar, pues ¿qué otra cosa, si no aquello, es filosofar?”.“Así habló el solitario”19) es el título del anterior aforismo, pues expresa que el filósofo es el solitario que reprime la realidad para poder soñar e imaginar nuevas realidades, cuyo contorno sea trazado desde la perspectiva del soñador. Tal concepción filosófica guarda gran semejanza con el análisis psicológico introducido por Nietzsche al seno de la filosofía y de él procede. Según esto, es la filosofía una especie de ideal ascético, una ataraxia que se manifiesta como rencor filosófico en contra de lo sensual. Observada de esta manera, independientemente de lo real y de la verdad, la filosofía parece una argucia que inventara el filósofo para justificarse a sí mismo, estableciendo con ello la posibilidad de diagnosticar acerca del estado de salud mental y física del filósofo: “ La filosofía explica al filósofo; es una consecuencia necesaria de su estado de alma…”20), porque, y ahondando más en las razones del perspectivismo, cada filósofo imprime su sello personal a la filosofía, proveniente de su estado del alma.

Con esta concepción se suscita un problema que atañe a la esencia misma de la filosofía, pues si con el historicismo ella es limitada a sus genuinas posibilidades surgidas de su apego y fidelidad a sus circunstancias determinadas, con el perspectivismo ella se autoincapacita para decir verdad alguna, a no ser lo referente a lo que acontece al filósofo. Se reduciría entonces la filosofía a su más ínfima expresión y se la confinaría al reino de los misterios, de lo intransferible e incomunicable. Por eso, siendo tan consecuente como Fernando González, el filósofo deba abandonarla luego de digerirla, a la velocidad y ritmo de un tiempo orgánico y no histórico: “Hoy digo esta doctrina y mañana diré la contraria. En ninguna de ellas creo sino durante el instante en que está en mi alma. La vida es limitación, y por eso vivimos limitando, es decir, afirmando y negando. Toda doctrina es la expresión de un movimiento del alma. Cesa el movimiento, pues muere la doctrina.”

No obstante la forma tan precaria en que deja a la filosofía tras esta determinación conceptual, ciertamente no es la más representativa y madura de su obra, ella adquiere inteligibilidad y sentido al ser comparada e integrada al contexto del prólogo que nos sirve de marco de referencia. En primer lugar, es la aceptación humilde y sincera de la contingencia humana, ya que la atomización de la filosofía obedece a una sumisión fiel del devenir. Explícitamente no ha negado el valor de verdad y universalidad de la filosofía. Lo que en cambio critica es su tendencia al reposo, a estatuirse como verdad definitiva y general con los consecuentes efectos sobre la realidad, pues para idealizarla, la paraliza. A este constante cambio y contradicción atribuye Fernando González, ya que se convierte en la energía y en la dinámica que impulsa la vida a navegar por sus propios confines, a superarse y rebasarse continuamente. Esa es la lógica de la vida, que, transportada a la filosofía, le sirve a ella de acicate y derrotero, tal como Kant proponía en la dialéctica trascendental a las ideas de la razón, cuya función debería ser la de regular y orientar.

  1. 2.4 Filosofía perenne

La contradicción, pero no la inconsecuencia, llega a su punto más alto con esta tercera concepción de la filosofía. Y digo que no inconsecuente, porque paradójicamente si se es contradictorio y partidario de la contradicción, entre más contradicciones se propongan más fiel se es al principio; entre en más contradicciones se incurra mayormente justificado se estará. Pues bien, pretenden ciertas definiciones que expone Fernando González enmendar el perspectivismo y provisionalismo, frutos de su anterior concepción filosófica, aunque no su asistematicidad, lo hace manteniendo su posición y cuidando de no traicionar las limitaciones que le ha impuesto a la filosofía, pero consciente de la necesidad de generalidad, inherente a la filosofía. Por ello, intenta proponer otras definiciones de filosofía que se ajusten más a las clásicas, y permitan la trascendencia de lo puramente subjetivo a lo objetivo.

Es de anotar que este cambio transcurre paralelo a la divergencia de enfoques palpable en dos de sus libros. Se trata de la diferencia entre Pensamientos de un viejo y Viaje a pie, entre los cuales median la Universidad y el ejercicio de su profesión de abogado. Entre uno y otro libro transcurren trece años, durante los cuales tuvo la oportunidad de madurar y ordenar sus pensamientos que, de viejo, pasaron a ser vitales y juveniles. Indudablemente, en su primer libro se nota una gran labor de lectura, pero con las insuficiencias del autodidacta, mientras que su paso por la Universidad, y luego su oficio, lo incrustarían en un medio que le reclamaba mayor extraversión. Dirige entonces su mirada hacia la situación que lo circunda y que anteriormente lo inducia a la concentración y toma contacto con la realidad del mundo de una manera más objetiva y a ella trata de aplicar lo que antes había conocido en el hábito de los libros y de su yo. También deja de lado la introspección como método y acude a presenciar los fenómenos sociales y políticos.

Conforme a ello, encontramos algunos textos que designan el ideal de toda su filosofía, que no sus objetivos, estos últimos circunstanciales e históricos. En orden a ello, son básicas tres nociones que aparecen dispersas en otros tantos libros, pero que guardan un común denominador en aras de la universalidad y objetividad de la filosofía.

En cuanto a la primera, extractado del libro Los Negroides afirma: “Todo problema filosófico es esférico; parece que todo en el universo sea esférico. El pensador no puede detenerse en un aspecto, pertenecer a una facción”.21) Con esta contradicción que comete aquí Fernando González, borra lo que había construido sobre las bases de su peculiar subjetivismo. En primer lugar se nota claramente la alusión que hace a la universalidad y objetividad filosóficas. La esfera, cono el ser de Parménides, es la totalidad de la realidad y a ella se llega con un pensamiento igualmente esférico. En su poema Sobre la naturaleza, postulaba que el ser y el pensar eran una y la misma cosa, tesis por la cual parece tomar partido Fernando González en esta ocasión. Si antes se entregaba al devenir, aquí lo hace al ser, si antes apreciaba la vida ahora se vale de la razón, y si antes aceptaba la contradicción ahora niega que, simultáneamente el ser no sea. El símbolo de la esfera se relaciona con la constitución del Universo como unidad y totalidad, como un todo compacto e indivisible, y solo aprehensible desde fuera. La esfera reclama distancia, alejamiento, cosmovisión.

Concluyentemente, el párrafo menciona dos verdades: por un lado, la constitución unitaria y estática de la realidad y en segundo lugar, la posición objetiva del conocimiento, pues al situarse frente a la realidad debe subordinarse a ella adquiriendo su forma, adecuándose. Universo esférico, luego filosofía esférica.

Ahora bien, ¿qué consistencia debe tener la filosofía, puesto que se refiere al ser para abarcarlo y comprenderlo? Con esta segunda noción, también metafórica, completa el antecedente, proponiendo manifiestamente la disposición del conocimiento filosófico, en su punto de vista u óptica se debe conservar una convencional distancia con las cosas para poder abarcarlas o de lo contrario perderse en un valle de ilusiones, mutaciones y horizontes. El pensamiento se debe elevar hasta el punto de vista desde el cual capte, con una visión instantánea,el conjunto, sin descuidar ninguna de sus partes componentes. Para Fernando González fenómeno es término análogo a representación, a aspecto parcial, equivale al mundo engañoso de los sentidos, mundo al que ha de renunciar la filosofía, oponiendo al principio de individuación un principio de unificación fundado en la razón. La filosofía, a bordo de la razón, aspira a aprehender el conjunto y a intuir la esencia, por ello, a la universalidad y objetividad. Universalidad, pues lo que se busca es la visión que con mayor amplitud comprenda la totalidad, bajo la cual separar y ordenar lo particular. Objetividad, en cuanto antepone los hechos a las apreciaciones e impresiones situacionales del sujeto, en cuanto que no se compromete más que con las cosas y se relaciona con lo inteligible.

El tercer concepto establece la radicalidad de la filosofía. Lo hallamos en El remordimiento: “Así es el estudio de la filosofía, el hermoso estudio de las causas. En el mundo encontramos hechos y nuestro deber consiste en explicarlos.”22),, Es claro el sentido aristotélico que le atribuye a la filosofía. Ella es la ciencia de las primeras causas y del los primeros principios subyacentes a los hechos. Es el arte de los orígenes, como él la denomina en otro aparte.

Es necesario resaltar que en los tres textos mencionados, Fernando González se instala Fernando González muy cómodamente, en el horizonte metafísico de la filosofía, manteniendo una línea de continuidad con Parménides, Aristóteles, la escolástica, el racionalismo y el idealismo. Si su obra se hubiese sostenido dentro de ese horizonte no habría problema alguno en considerarla filosófica, pero estos tres conceptos, disimulados en algunos de sus libros, no son ni mucho menos los más frecuentes y representativos de su obra.

Capítulo 3 - Su ubicación dentro de la filosofía.

  1. 3.1. Un vasto horizonte filosófico.

Según lo había previsto Kant, en La Crítica de la Razón Pura, la razón, abandonada a sí misma, se pierde en un laberinto insalvable, que, de otra parte, ella misma teje en contra suya, a partir de sus propias antinomias y contradicciones. Para evitar este insuceso le es menester hacer un alto ante determinadas realidades, imponerse un límite y a la manera del auriga platónico ejercer sobre sí un freno y un control. Sólo así puede desempeñar eficazmente su función, no permitiendo asir ilusoriamente y por medio de razonamientos las ideas, conteniéndose de participar en el ámbito de la experiencia, y ejerciendo exclusiva jurisdicción sobre la dimensión de lo práctico.

A pesar de éstas advertencias, la razón traspasó éstas barreras sucumbiendo a la tentación de poseer el sentido de el “en sí”, ese último reducto de la realidad que Kant había protegido de toda especulación. Experimentando hasta sus últimas consecuencias estos peligros de la razón exorbitada, Fichte, Schelling y Hegel levantaron portentosos y cuasi perfectos sistemas, a los que no escapaba ni el más mínimo detalle de la realidad. Iban acomodándose allí dentro del sistema, como piezas de un rompecabezas, las más distintas porciones del universo, que, antes desordenadas e indomables y tras un acto de pura fuerza y rigor racional, eran encajadas dando una maquillada apariencia de unidad. Pero es sobre todo Hegel quien sostiene mayormente ésta actitud, al agotar con su exhaustiva racionalización las posibilidades de encontrar, siquiera un ente, que no hubiese sido suficientemente explicado, incluido e integrado al interior de su sistema. Su máxima, según la cual identifica lo racional y lo real, se constituye en una de las afirmaciones más débiles de la historia de la filosofía, junto con el cogito de Descartes propiciando con ella la coyuntura que dará un giro que en adelante habrá de realizar la filosofía.

Explotando la alternativa práctica que para la razón había diseñado Kant, irrumpen diversas corrientes que, a pesar de sus internas diferencias, conforman un frente común, siendo su factor de unión la causa irracionalista que enarbolan. Irracionalismo, voluntarismo, vitalismo, institucionismo, pragmatismo, existencialismo, nacen entonces como protesta a los sistemas idealistas.

Y fueron quienes tuvieron más de cerca a Hegel, los que se enfrentaron más encarnizadamente en su contra, patrocinando con su crítica los inicios del nuevo giro filosófico. Schelling, en su última etapa, la de la filosofía de la revelación o filosofía positiva, acuñaba éste último término, no en el sentido que le dieron Comte y sus epígonos, directa oposición a la filosofía negativa la cual era según él la del idealismo, dentro de la cual estuvo también él, militando tiempo atrás. Con un contenido altamente religioso, dirige Schelling su filosofía hacia el centro de la experiencia personal, tanto en su facticidad y existencialidad, como en providencia de la experiencia histórica de la revelación.

El voluntarismo de Schopenhauer contribuye con ellos, al encontrar en la percepción sensorial del cuerpo, en la sensibilidad corporal del yo, y en contra de la indolencia de la razón, el camino conducente hacia la verdadera realidad que es la voluntad, voluntad siempre de vivir. Según él, la voluntad subyace en todos los entes, siendo éstos no más que objetivaciones de ella. La voluntad no es racional, ni podría objetivarse en el mundo en una historia lógica y sistemáticamente, pues siendo su esencia un apetito siempre indefinido e insatisfecho, el perfil que marcaba con su impulso, de ninguna manera le permitiría trazar un sentido coherente y teleológico. Su desenvolvimiento es por el contrario ciego e irracional.

Finalmente, dentro de los más próximos al fenómeno idealista y quizá el más influyente promotor de la protesta, está Kierkegaard, quien asocia a la filosofía a través de la experiencia religiosa y, motivado por el sentimiento angustioso de una existencia personal y nunca anónima, enfunda su crítica en contra de Hegel, a quien había conocido por intermedio de Schelling. Propone entonces una lucha a muerte entre la vida y la razón, según él, realidades absolutamente incompatibles.

A partir de éste cuadro se conforma en la filosofía una nueva vertiente, en cuyos cauces conviven pensamientos dispares, métodos y objetivos diferentes, que sin embargo conservan cierta correspondencia en su repertorio y temática. Allí podemos instalar nombres como Pascal, Nietzsche, James, Bergson, Unamuno, Kierkegaard, Sartre, Jaspers, Marcel, quienes al lado de los antes mencionados completan los puntos de referencia de el ancho horizonte dentro del cual percibimos la figura de Fernando González.

  1. 3.2. Vida contra razón.

Puesto que Fernando González se reserva un puesto dentro de éste vasto horizonte, conviene entrar a precisar y definir los elementos que en común con él lo vinculan con las más prominentes figuras de la filosofía contemporánea. Pues bien, Fernando González siente una profunda aversión por los sistemas filosóficos, que abusando exageradamente de la razón, pretenden dictaminar sobre el hombre y el universo, sobre su naturaleza e historia, haciendo abstracción de hechos reales y experiencias personales. Inscrito dentro de ésta corriente va a ser una de sus constantes, la profunda desconfianza hacia la utilización desmesurada de, es la razón en la aprehensión de realidades que de por sí son incompatibles con ella, la principal entre ellas, la vida. Cree con Schopenhauer que la razón es un producto tardío en la historia entera de la naturaleza y que en cuanto tal, aún no ha aprendido a convivir con la vida. La historia de la naturaleza y más exactamente el desarrollo de la voluntad de vivir, sufrió un cambio drástico cuando hace su aparición la razón, pues aunque gana en claridad, de otra parte está menoscabando su seguridad, ímpetu y vitalidad. Se esconde con ella el universo, rompiendo y desmembrando lo que antes aparecía en sólida unidad, y en el hombre destruye la unidad orgánica y psíquica, desdoblándolo y enfrentándolo consigo mismo. Algunos textos de Pensamientos de un viejo indican que la postura antirracionalista se remonta a los primeros intentos de elaborar un pensamiento, por parte de Fernando González. Veamos: “En verdad que el pensamiento es el cáncer de la vida”23), “¡Algo espantoso sucedió al animal hombre! Apareció en él la razón, la facultad absurda que busca la verdad, y la verdad no existe. En último término la filosofía es el camino de la muerte. La razón es esencialmente enemiga de la vida.”“La razón nos lleva a la negación completa. Es la enemiga de la vida. La razón, según los filósofos mencionados, siembra la duda, choca y entra en conflicto con las originales motivaciones de la vida. Es por ello usual que se la tenga por íntima aliada de la muerte. Y es que la drástica oposición entre la vida y la razón, induce a pensar que ésta última es un germen mortal para la vida, así como la tradicional oposición entre la razón y la fe, indujo a creer, en ocasiones, que la razón era el germen del mal y causante del ateísmo en los hombres.

Al contrario de lo que piensa la razón, la vida es fluidez, sucesión, temporalidad. Debido a ello, la razón, al entrar en contacto con ella siente la necesidad de paralizarla y congelarla, pues entiende que su condición estática la convierte en instrumento inoperante para ir a la par del ritmo que le impone la vida; como instrumento, se asemeja más a un bisturí y como facultad, a un gran tubo succionador que abstrae en esencias lo que como existencia es. A la vida que se recrea en el movimiento y en la historicidad tiene que detenerla, de tal manera que apreciando uno de sus instantes lo pueda creer como válido por la totalidad de ella.

¿Entonces cuál es el lugar apropiado para la razón? La razón es solo apta para captar relaciones y establecer leyes a partir de la multiplicidad de los hechos materiales. Así lo entiende Fernando González, configurando, con base en ello, una diferenciación entre los ámbitos de lo racional y de lo no racional. En éste sentido, la razón debe ser asumida como la facultad por excelencia para la aprehensión de aquello que en rigor se denominan los objetos, es decir, de la realidad que se presenta situada en frente, de esta forma hace su foto del conocimiento. Se habla entonces de la objetividad, mas no como una condición transubjetiva sino como el resultado de la actividad racional por fundar la realidad, pero se ha olvidado a menudo su procedencia humana, su inseparabilidad del hombre, cuando, separándola del sujeto, se la ha constituido ya sea como ente de realidad absoluta, ya sea como instrumento independiente de él para juzgarlo.

Ciertamente la razón es imprescindible, como aseguraba Kant, cuando está dirigida con sus propios criterios a informar lo fenoménico y siempre y cuando se dirija a ello.; La razón no sirve sino para el mundo fenoménico, para la causalidad material. Los que quieren comprobar con la razón, la supervivencia, tienen que escribir un libro muy largo. A causa del cansancio, acaba por decir el lector: es verdad. En éste texto, Fernando González declara la asignación de funciones específicas que debe hacerse a la razón, mientras que clausura para sus intenciones el complejo e insondable recinto de la existencia humana. En tanto la razón ha estado averiguando por el mundo de los fenómenos, en tanto centrada en sí, ha tendido un puente hacia lo totalmente opuesto a la existencia, su misión ha sido eficaz;, más cuando, excéntrica, dirige su atención hacia la actividad misma que la mueve, haciendo exclusión del sujeto concreto, extirpa de éste la vida. Y es una de las máximas preocupaciones de la vida, aquella que la ataca en su propia raíz y a la que con mayor entrega se dedica, la de su continuidad y perduración. El misterio de la muerte no se le impone desde fuera sino desde sí misma, y en él se sostiene, pues vivir es robar incesantemente momentos preciosos a la muerte, subsistir a costa de ella.

La preocupación por la muerte ha llevado a Fernando González a describir hasta el cansancio y en innumerables ocasiones, agonías. Este era uno de sus temas preferidos y de los cuales sacó mejor partido para enganchar a través de él las más profundas reflexiones filosóficas, tanto que James Willis Robb lo califica como el agonista colombiano en remembranza de el escritor español Miguel de Unamuno, con quien además lo compara. Y es que para uno y otro la muerte sugiere la filosofía, pues ella es, como decía Unamuno en Soledad y del sentimiento trágico de la vida, la cuestión humana. De la misma manera Fernando González, en un pequeño epigrama de Pensamientos de un viejo, la denomina “El gran problema”: “El gran problema está en averiguar si después de muerto no vuelve uno a sentirse… Yo quiero… yo necesito… yo siento… El gran problema está en saber si en la tumba se disuelve ese yo… ”24) Y curiosamente se ha creído, por parte de muchos filósofos, a la razón de parte de la muerte, y el lenguaje que se ha utilizado para reseñar los efectos que la razón produce en contra de la vida es generalmente mortuorio. La razón, cuando se topa con la necesidad de inmortalidad inherente a la vida, procede incoherentemente y sus explicaciones no pueden nunca satisfacer, pues tanto la vida como la muerte deben ser palpadas y experimentadas personalmente, no pensadas. Fernando González, siguiendo muy de cerca a Kierkegaard y a Unamuno llega a la convicción de que la vida no es lógica, ni demostrable, ni previsible, pues por el contrario es elección riesgosa, por eso, en general, cuando la razón debe elegir entre la vida y la muerte, se le dificulta la decisión que no es más que un ejercicio asumido con temple imparcial.

Ahora, dejando a un lado el problema de la muerte que es el que más pronta y patéticamente desenmascara a la razón dando acceso a sus más manifiestas impotencias, se requiere precisar los resultados que ella arroja cuando intenta explicar la vida. Y el resultado de la actividad racional es la idea, el concepto. Examinando el concepto es notable que posee ciertas características que, según el origen real, representan virtudes o defectos. Según Fernando González, la razón desemboca en cualidades cuando se la aplica a los entes sin más, a las cosas, pero cuando se aplica a definir la vida lo que vierte son defectos. ¿Cuáles son estas características? En primer lugar el concepto es abstracción mental que omite toda referencia a su lugar de origen. Abstraer es el proceso intelectual mediante el cual se separan, dividen y luego arrancan de la realidad sus notas esenciales, las cuales se alejan para constituir en sí, e independientemente de la realidad, una nueva forma ideal que compita y suplante a la originaria. Como consecuencia, se reduce todo a oposiciones, relaciones e identidades que se establecen en el nivel de lo universal.

Surge entonces una segunda característica del concepto: la universalidad, que pasando por alto la multiplicidad de lo concreto, encuentra la manera de envolver y aplanar todas las determinaciones y gradaciones existentes. Esta inclusión de lo particular en el concepto hace posible, en un movimiento de regreso, adjudicar atributos comunes, necesarios por igualar a todas las partes.

Finalmente el concepto es pues, lo necesario. Pero ¿qué pasa cuando el concepto que se logra es el de la vida? “El concepto es el cadáver de la vida, (del Yo).”25) El concepto diseca la vida, por eso ella le huye, no se deja asir, no permite ser conceptualizada. Es una unidad, unidad determinada y única, por eso, si cualquier hecho se aislá de su centro vital se desnaturaliza. Y la rutina de la razón se cumple aislando, fragmentando, analizando, reteniendo de la vida pequeños sucesos e instantes, que a pesar de ser supuestamente los más sobresalientes, no representan ni mucho menos la totalidad. Al sustraer de los hechos, a través del concepto, su esencia, se crea un híbrido, carente del calor vital que debería inspirarlo y tan semejante como extraño por igual a todas las vidas. El paréntesis que como complemento da la noción de idea adjunta la cita anterior, indica que además la vida no se puede entender en el concepto, por cuanto ella no es colectiva ni impersonal, sino personal, individual, la de cada uno. Aquí hemos sentido, hemos vivido.

La verdad de que el hombre se ama a sí mismo con amor tan grande como es su vida, que todo ser vivo es egoísta en cuanto vivo, o sea, que el amor propio ocupa igual espacio que la vida. Dos conclusiones podemos extraer de éste párrafo: la primera, es la aclaración del carácter individual y transferible de la vida, aunque lo afirme de tal forma que se exponga al rechazo y a la crítica. Me refiero a la diferencia que comúnmente se ha considerado entre el egoísmo y el amor propio, diferencia que, por los años, literalmente, Fernando González no respeta. Sin embargo creo que la intención de Fernando González al incluir la alusión de egoísmo sea la de reafirmar y dar énfasis a la idea. Mas la expresión correcta, que luego acuñará y utilizará el autor, será la de Egoencia26), expresión que señala al más alto grado de la vitalidad.

De otra parte se esboza allí, aunque todavía poco elaborado, el criterio de la verdad. Nótese el énfasis que coloca Fernando González en las expresiones “hemos sentido y hemos vivido la verdad”; no dice que la verdad deba ser pensada, sino, que al igual que Kierkegaard, afirma que la verdad debe ser vivida. En otros dos textos se aclara y elabora definitivamente la tesis. En uno, intenta cambiar la palabra saber por la palabra vivir: “No he podido vivir (obsérvese que uso la palabra vivir y no el término saber, porque del que hacen repetir “dos por dos son cuatro”, y lo aprende de memoria, dicen que sabe), no he podido vivir, repito”27). Un poco más atrás en el libro, había manifestado categóricamente: “Vivir la verdad es, pues, el verdadero conocimiento, y este sentir la vida es el criterio de la verdad. La verdad no se ilumina con otra cosa. La verdad es la vida.”28) Termina entonces por igualar la verdad con la vida, pues como había dicho con respecto a la concepción filosófica de el prólogo, la vida es lo más radical y fundamental y, si existe una verdad en el mundo, debe ser la misma vida.

En el conflicto entre vida y razón, se establece una alianza: verdad y muerte, están en el mismo bando. Por tanto, la razón ha perdido el derecho de ser garantía de la verdad. La verdad no puede estar de parte de quien despersonaliza y extrae el jugo a la vida, estatuyendo de una manera abstracta los mismos y universales contenidos para vidas que son siempre nuevas y distintas. Con la razón, se acomoda a la vida en el reino de lo común y ordinario, siendo que ella es lo más personal y extraordinario. Y lo menos necesario, pues aunque la apodicticidad le es impuesta a la vida como una urgencia, es ella misma quien le hace frente a la muerte y no como principio a priori, no como ley racional.

En otro sentido, son también los conceptos de la razón los que vacían la vida, los que le sustraen su contenido: cuando se materializan en la palabra. La historia de las palabras asciende vertiginosamente, según Fernando González, desde el mundo de la experiencia, cargado de vivencias, hasta el mundo de lo etéreo, del “'se dice” Heideggeriano, en donde, despojándose por completo del lastre de la realidad, pierde su carácter correlativo y su correspondencia con la fuente de donde emanan, que no es otra que la vida. Debido a ello y para contrarrestar esos efectos negativos, se debe emprender una labor de regreso a las cosas y a las vivencias, a través de un método bastante similar al fenomenológico:, destripar los conceptos abstractos y los juicios sintéticos que formamos con ellos, sacar de tales conceptos las emociones, los sentimientos, experiencias, que cada uno encierra en ellas.

Eso se llama la vivencia, sacar la vivencia que cada uno encierra en los términos abstractos, y que luego usa engañosamente para juicios sintéticos y para razonamientos, formando así un mundo racional que cubre y para, en absoluto, la vida, la intimidad. Se trata pues de recuperar el sentido de las palabras, sentido que es dado por la proximidad e intensidad de la vivencia y no por la claridad y distinción del concepto.

3.2. En contra de la filosofía conceptual.

El fragmento inscrito en su penúltimo libro, El libro de los viajes o de las presencias, Fernando González reúne y sintetiza las más notorias objeciones que fue cosechando, desde los comienzos de su obra, sobre la razón o la filosofía conceptual: “Como veis, nada de ‘conceptos’ ni construcciones conceptuales. Toda explicación mata aquello que pretende explicar, porque lo fragmenta. Objetivar su vida y la vida del mundo es deformarla, y entonces vive uno en la nada de los opuestos, endiosada la Nada, así: bello, feo, bueno, malo.”29)

Se trata de que todo es uno y de que la razón forma conceptos abstractos y nos tapa la intimidad. La razón o inteligencia razonante es atomizadora de lo que carece de átomos, la vida es una, pero la razón analítica la desintegra; la vida es compleja, pero la razón abstracta la simplifica; la vida es personal, pero la razón anónima la objetiva y cosifica; la vida es pletórica y rica, pero la razón pura la vacía y la somete a la disciplina maniquea de la dialéctica. Ciertamente todas estas objeciones no pueden refutar cabalmente los derechos que la razón se ha ganado en el transcurso de su larga y progresiva historia, que es la historia misma de occidente. Además, si de refutar y oponer razones y argumentos se trata, es la razón misma quien aparece implicada en ese acto. Por más que se quiera, resulta imposible erradicarla de cualquier hecho humano, pues si bien es cierto que ella no define concluyentemente al hombre, sí es un atributo y una capacidad que lo eleva por encima de todo otro ser de la naturaleza. Tan solo se ve menoscabada y demeritada, cuando traspasando sus límites, se endiosa, mas esta circunstancia puede convertirse en una condición requerida y favorable, para una vez en crisis entre a corregir sus fallas y emprenda un nuevo camino.

Fernando González se hace consciente de ello e intenta superar la oposición en la última etapa de su obra. Por una parte, cae en la cuenta que la razón no es del todo desdeñable y que como facultad humana debe ser asumida. Si todo debe ser comprendido como función vital la razón no puede ser más que función de ella y estar en función de ella.

Por otra parte se hace visible que toda crítica a la razón opera, en mayor o menor grado, con ella. Debido a ello la mayoría de las críticas que le han hecho los filósofos se encuentran bajo la forma de la denuncia y de queja.

“Pero desde hace cincuenta años se oye protesta dolorida que dice: ¡La Vida! La razón es apenas un modo de proceder por conceptos abstractos. La vida no es racional, sino que la mente humana razona.”30)

Solo puede sacudirse la vida de ese pesado yugo, impuesto por los excesos de la razón, de una manera excesiva también, cruenta y patética; gritando y señalándolo desde sus heridas por la liberación. Por lo tanto, las objeciones presentadas no pueden ser íntegramente precisas ni válidas, surgidas como son de la vida, su sensibilidad tiene que manifestarse, en principio, por medio del fanatismo.

Pero ademas, Fernando González vislumbra en el párrafo la posibilidad de la conciliación. La vida razona, lo cual no quiere significar que sea la vida racional, como tampoco que sea irracional. Fernando González ha logrado superar la contradicción al devolver e integrar la razón a su propia fuente y contexto, y, aunque por una vía distinta a la de Ortega y Gasset, ha arrivado a una solución semejante a la de él: la razón vital. Todo esto quiere decir que la Metafísica es posible, pero no como conocimiento conceptual, sino como VIDA.

Kant acertó al negar a la razón el poder metafísico, pero no al negar su posibilidad como vivencia. Quizá sospechó algo de esto cuando aceptó proposiciones metafísicas desde el punto de vista de la razón práctica. Quizá lo que quiso decir o sospechó fue que conocer racionalmente, apenas es una forma de viajar.

“No se trata, como dicen algunos, de que la vida sea irracional, sino que posee muchas formas y modos y que lo esencial en ella es vivirla. Lo que no es vivo no vale un comino. Todo lo vivo es verdad. Lo racional es verdad, si estuviese vivo.”31)

Queda claro entonces que Fernando González no es irracionalista. No obstante lo esencial, y es lo que nos proponíamos demostrar, y es que hemos hallado para él una ubicación dentro del panorama general de la filosofía, lo cual no quiere decir todavía que hallamos demostrado su valor filosófico. Su posición filosófica encuentra una órbita sobre la cual girar. La vida es el núcleo y su órbita coincide con un vasto movimiento de la filosofía contemporánea.

Es evidente que, como se afirmó anteriormente, está en desacuerdo con toda filosofía racionalista, o como la denominaba él, “conceptual”, que llevando al máximo su rigor construya sistemas que pretendan abarcar y agotar las múltiples formas y posibilidades de la realidad. El sistema es el mayor atractivo que se le ofrece a la razón y hacia él tiende peligrosamente, en procura de reposo y tranquilidad. La filosofía que reduce el conocimiento a las fronteras de la razón, encuentra en este punto inerte su mayor realización, pero también su decadencia y caducidad. Por tal razón, Fernando González cuidó siempre de no sucumbir a la seducción del sistema que es una trampa para la vida: “Somos, querida lectora, metafísicos, y algo poetas debido a la concreción y dureza de nuestras glándulas de treinta años. Quizá en la vejez no quede sino el metafísico. Pero ahora somos amantes aficionados a la filosofía.”32) La quietud, la inmutabilidad, son aspiraciones de la razón, pues lo vivo se le escapa y la cansa. Luego es síntoma de vejez y de muerte, la aparición de la razón, inventando sistemas. El filósofo se explica solo como aficionado, mientras permanezca en una incansable y juvenil disposición de aceptación del devenir.

Fernando González ha hecho una elección filosófica entre dos antagonistas, escogiendo, en actitud de entrega total a la vida. Sabe que esa elección es inminente, y perentoria se ha tornado después de Hegel. De esta forma ingresa, en un comienzo inconcientemente, al final con todas sus facultades, en esa vertiente filosófica cuya misión es la de preguntarse, aún con protestas y acudiendo a recursos extra filosóficos, por la vida. La filosofía conceptual va a ser el blanco hacia el cual se dirigen las criticas en favor de la vida, que en su empeño por mantenerse a una altura filosófica tiene que buscar sus propias características e intuir su esencia. De ahí que todo sistema racionalista (construcción con abstracciones mentales) no tenga vida, sea inoperante. Toda filosofía-sabiduría tiene que ser descriptiva y dramática, el drama del sabio, determinado en lugar, tiempo y modos.

En este punto completamos el ciclo iniciado, acerca de la concepción filosófica de Fernando González, en el prólogo. La caracterización de la filosofía corresponde a la filosofía concebida como aclimatación. La filosofía, puesto que es generada por una necesidad de la vida, es inquietud vital, es drama. De ahí proviene el estilo novelesco que Fernando González le imprime a su filosofía, de ahí que represente y utilice tantos personajes y alter egos para la exposición filosófica, de ahí que recurra a la literatura en sus diversas formas, el diario, la biografía, la novela, la autobiografía, las cartas, el ensayo, la poesía,LA VIDA, la tragicomedia. Como vital y dramática que es, la filosofía no puede ser tratada conceptualmente, pues el concepto hace abstracción de las circunstancias concretas de la vida que se debate en agonía y tragedia.

Y lo curioso es que la gran mayoría de los filósofos lo habían entendido así y por eso habían prestado de la literatura la imaginación, del mito y de la poesía, herramientas para implementar su drama filosófico. Podemos seguir la historia de la filosofía y allí encontraremos tendencias de ello. No otra cosa son la poesía balbuceante de Heráclito o el mitológico poema de Parménides, en cuyo proverbio se describe el delirante y ardoroso viaje hacia la verdad, así es el Viaje a pie de Fernando González o sus penosos Viajes hacia las presencias o el ser.

La mayeutica socrática y su concepción de la filosofía como una preparación para el morir también se acopla allí. La constante referencia a los mitos en sus diálogos, pero sobre todo esto, el dialogo como forma literaria de la filosofía de Platón. Y aún más que forma iliteraria, es la forma misma en que se da, se crea y se vive la filosofía. Nietzsche dice acerca del diálogo platónico: “Realmente Platón ha dado a toda la posteridad el paradigma de una nueva forma de artística, el paradigma de la novela.”33)Las confesiones de San Agustín y de Rousseau son claros ejemplos que señalan a El remordimiento de Fernando González. Los pensamientos de Pascal, el biográfico Discurso del método de Descartes, los Cuentos filosóficos de Voltaire, el diario de Kierkegaard son todos indicativos de esta histórica tendencia de la filosofía.

Pero podemos continuar este recuento con una marcada tendencia de la filosofía en la actualidad. Dos grandes filósofos, Bergson y Russell han recibido el Premio Nobel de literatura y otro, Sartre lo ha rechazado una vez le fue otorgado. Esto no es lo definitivo ni lo más distintivo, lo que sí lo es, es el fenómeno representado primordialmente por el movimiento existencialista, que refleja toda una tendencia de la filosofía contemporánea, la novela como método de conocimiento. Es un hecho, por lo pronto, que muchos filósofos de nuestro tiempo escriban novelas y obras de teatro. Y no aparte de su filosofía, como una actividad independiente, sino en estrecha conexión con ella; sin esa filosofía, esas novelas y ese teatro serían completamente incomprensibles. Si se quiere hablar, pues, de la filosofía actual, hay que hablar de literatura, y a la inversa, si se quiere hablar en serio de novelas, se topa con la filosofía.

Si bien, el existencialismo ha escogido aliarse con la literatura, por razones muy poderosas, que son las mismas que anotaba Fernando González arriba. De esa manera Camus es incluido dentro del movimiento y escritores como Tolstoi, Dostoievski y Kafka son consideradas como sus precursores, así también Sartre escribió con propósitos filosóficos.

Se justifica entonces la vinculación del pensamiento filosófico de Fernando González con la literatura, hecho que constatábamos en un capitulo anterior y que nos proponíamos como problema. Pero además, con ello hemos ubicado su postura filosófica en el interior de una extensa y abierta demanda por la vida o la existencia, que encuentra su punto de confluencia en una severa critica hacia los sistemas filosóficos conceptualistas y racionalistas. Para Fernando González la filosofía es una lucha personal por alcanzar el sentido de la vida y del universo, al cual sólo se llega cuando se logre el total conocimiento y adaptación, o la aclimatación, como lo denomina él, al medio. Sin embargo, la aclimatación no es tan solo una meta sino ante todo la forma misma en que se presenta la vida, por lo cual, sin la presencia de ese drama permanente, la vida dejaría de ser.

Según constancia de Alberto Saldarriaga en su artículo “De la parroquia al cosmos”. Los viajes, de Fernando González, publicado el mismo año de la muerte del autor, en la Revista de la Universidad de Antioquia el filósofo francés Jean Paul Sartre habría dirigido una carta a Ferrando González en la cual, entre otras cosas, lo consideraba como el filósofo existencialista de Suramérica. Aunque tal clasificación carezca de apoyo en un conocimiento profundo y total de la obra de Fernando González, no creemos que carezca por completo de fundamento. Ciertamente no es existencialista, pues solo en sus dos últimos libros da evidencias de tener contacto directo con los escritos de Heidegger y Sartre, en el Libro de los viajes o de las presencias critica a Heidegger de filósofo conceptual y en La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera aparecen notas dedicatorias a Sartre y a Heidegger. Pero según la problemática vital que trata y el desarrollo que hace de ella, podemos decir que no está muy lejos de serlo.

Conclusiones

  1. 1. Personalidad

En Fernando González el rechazo a toda vinculación externa, la afirmación de toda posibilidad de elección, en cualquier caso, y su deseo de no determinación por agentes exteriores le distancian efectivamente de las clases sociales en pugna. Esta situación –en cierta forma– “flotante” y su estado de aislamiento están condicionados, en parte, por la posesión de la cultura. El no encontrarse muy firmemente arraigado en el orden social permiten que sus convicciones respondan a puntos de vista alejados en el tiempo y en el espacio y no están determinados, exclusivamente, por el medio social inmediato. Pero, al mismo tiempo, su condición de desarraigo responde a su propia voluntad, a la necesidad psicológica de construir un mundo místico en el que lo central y decisivo es su propia subjetividad.

Entonces, su actitud de independencia no es tanto el producto del ejercicio racional y disciplinario sino que es el resultado de una actitud emocional que se nutre de elementos paranoides, claramente perceptibles en su obra: son sus arranques de rebeldía cuando se le vincula con algún partido político, o sus explosiones de ira cuando se le asocia con algún interés de tipo terrenal. Continuamente se siente atacado, perseguido, incomprendido y, con frecuencia, sospecha que pretenden asimilarlo al engranaje social. De una u otra forma, lo cierto es que la sociedad permite cierta rebeldía e inclusive soporta, bastante bien, a los impugnadores, aún en medio de escándalos. Su renuncia conciente y voluntariamente escogida entraña una enorme protesta. Si bien Fernando González no formula coherentemente un ideal social ya se han señalado las contradicciones que le impidieron hacerlo a través de su crítica moral y su rebeldía permanente vislumbra, esperanzadoramente, un tipo de sociedad profundamente humanista.

  1. 2. Limitaciones

Como he escrito anteriormente, Fernando González no pude inscribirse dentro de un movimiento filosófico determinado, sus formas de describir los problemas que él mismo determina como filosóficos y las diferentes afirmaciones que hace y la utilización de diferentes géneros literarios crean una dificultad para determinar si su escritura corresponde a un pensamiento filosófico o no, esta dificultad se debe a que estamos acostumbrados a utilizar las categorías que conocemos y que se han formado a través de la historia de la filosofía.

No quiero decir con esto que para entender el pensamiento de Fernando González debamos crear nuevas categorías para el entendimiento de la filosofía, pero lo sí que dichas categorías deben hacerse mas flexibles, es decir, podemos decir que a pesar de la época y de los autores de influencia, el pensamiento de este autor debe entenderse como un pensamiento contemporáneo, donde, como vimos, su principal preocupación es el hombre, la vida y el lugar donde se habita, estos tres elementos y las diferentes pasiones humanas hacen que el pensamiento de Fernando González sea un intento propio desde el punto de vista de algo que podemos llamar pensamiento latinoamericano, es claro que aunque este tipo de pensamiento no es completamente original, ya que pueden rastrearse influencias de pensadores de oriente y occidente, su intento de escindirse de éstos y buscar un método propio es claramente un evento muy importante para la filosofía latinoamericana.

Es claro que en este trabajo de pregrado, debido a las limitaciones de tiempo y el alcance del mismo, logre solo arañarse la superficie de la problemática filosófica tratada en su obra y las diferentes formas que éste ha elegido para estudiarse a sí mismo, describir su proceso de individuación y convertirlo es una experiencia y una forma distinta para la filosofía. Es necesario ahondar más en su obra, explorar mejor sus influencias, sus cartas, sus libretas ineditas que se encuentran alojadas en su casa en Envigado.

  1. 3. Filosofía en movimiento

Vimos que hablar de Fernando González como filósofo puede ser un poco problemático, cuando utilizamos las definiciones aceptadas por la tradición filosófica, aun así él mismo, desdeñando de este título, se auto declaró siempre “aficionado a la filosofía”, pero la filosofía no es algo rígido, y para ser un pensador, para cuestionarse sobre el mundo, no es necesario ser esto o aquello, simplemente basta con extrañarse del mundo, tomar un poco de distancia y preguntarse por las cosas que parecen merecer ser cuestionadas. Fernando era una persona en un constante extrañamiento del mundo y de sí mismo.

Este extrañamiento lo llevaba a estar en movimiento todo el tiempo, en un ir de aquí para allá, “atisbando”, palabra que tanto le gustaba y que es una de las principales ideas de su pensamiento, porque atisbar es estar en una constante búsqueda, una búsqueda sin término, que irá determinándose en el movimiento mismo de la vida. Ya dirá al comenzar el Libro de los viajes o de las presencias (1959):

“Al regresar a mi tierra y gente me sentí como en casa y me di nuevamente a callejear, caminar por la carretera, sentarme en las barrancas y en los cafés de las aceras, para atisbar agonías, entierros y mujeres, que son mi vocación. Primero son las agonías; segundo, los entierros; tercero, las muchachas y, como si en ellos estuviesen estos temas, los tipos como idos, que se quedan por ahí parados, mirando sin ver y de quienes la gente se aparta desde lejos y dicen que vinieron no se sabe de dónde y les atribuyen todo lo que les asusta y presienten. Son agonizantes. En realidad, las cuatro son una sola vocación”.

La obra de Fernando González es una invitación a vivir, a moverse, a caminar, a observar el mundo detenidamente, extrañándose siempre de él y sobre todo de uno mismo. Hay que tomar distancia para poder mirarse y encontrarse a uno mismo y al mundo. Siempre, la invitación es no perder la curiosidad que tenemos de niños, mantenernos vivos aún con el constante asechar de la muerte.

La filosofía en movimiento es eso, una personalidad fuerte, consciente de su realidad inmediata, pasada y futura, presente en todo el proceso que ha sido su hacerse hombre, una personalidad que se desnuda y se descubre en una búsqueda metafísica relacionada con la presencia del ser en la vida y la observación constante de la misma.

Ahondar en el movimiento hacia el extrañamiento, es problema fundamental de la filosofía en movimiento, este constante en sus textos, desde su tesis de grado (El derecho a no obedecer), hasta La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera.

En el proceso vital de Fernando González como metáfora de viaje, se encuentra una filosofía autentica que puede ser pionera en su género y estilo, y muestra fundamental para poner de base para la construcción de un pensamiento latinoamericano.

No quiero decir con lo anterior que no exista ya un pensamiento latinoamericano, digo que es muy probable que aún no conocemos las bases de lo que podemos llamar latinoamericano, nuestro pensamiento está ligado al pensamiento occidental, permeado y con base en el hemos creado nuestra personalidad, pero esta creación de la personalidad ha estado alejada de un tipo de conciencia necesaria, que nos obligaría a pensarnos como individuos ubicados en un territorio, el pensarnos de esta forma nos llevaría a empezar un proceso de individuación auténtico ligado a la pregunta por lo latinoamericano.

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1)
González Fernando. El payaso interior (2005)
2)
Esta idea se desarrollará ampliamente en el texto Viaje a pie y posterior a este, en Pensamientos de un viejo, o en El payaso interior, aún no utiliza esta idea para referirse a su forma de vida.
3) , 19) , 20)
González Fernando. Pensamientos de un viejo. (1916)
4)
González Fernando. Mi Simón Bolívar (1930)
5)
González Fernando. El Hermafrodita Dormido. (1933)
6)
Wills Robb, James. “Nueva Novelística de Fernando González”. Sobretiro (separata) de Anuario Véritas, N° 8, Universidad Regiomontana, 1989 y en El Mundo Semanal, 13 de agosto de 1988.
7)
González Fernando. Mi Simón Bolívar. (1930)
8)
González Fernando. El Remordimiento. (1935)
9)
González Fernando. Don Mirócletes. (1932)
10)
González Fernando. Libro de los viajes y de las presencias. (1959)
11)
González Fernando. El maestro de escuela.(1941)
12)
González Fernando. Mi Simón Bolívar. (1930)
13)
González Fernando. Viaje a pie. (1929)
14)
González Fernando. Cartas a Estanislao. (1935)
15)
González Fernando.Mi Simón Bolívar. (1930)
16) , 17)
González Fernando. Cartas a Estanislao.(1935)
18)
González Fernando. Viaje a pie. (1929)
21)
González Fernando. Los Negroides. (1936)
22)
González Fernando. El Remordimiento. (1935)
23) , 24)
González Fernando. Pensamientos de un viejo. (1916)
25) , 27) , 28) , 29) , 30) , 31)
González Fernando. Libro de los viajes y de las presencias. (1959)
26)
Egoencia es un término utilizando ampliamente por Fernando González, en muchos de sus libros con el fin de expresar un “YO” vital, que se muestra como ser vivo, un ser entregado a la vida absolutamente tal como el describe en sus textos y sugiere como camino para las personas. La egoencia se manifiesta en aquellas personas que aceptan lo que son humildemente y viven este viaje que es la vida de una manera despierta y sincera con ellos mismos. Quizás de los pocos conceptos acuñados por Fernando González y así como su obra misma, difícil de definir.
32)
González Fernando. Viaje a pie. (1916)
33)
Nietzsche, Friedrich Wilhelm. El nacimiento de la tragedia. Pag. 148.
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